WANG le debe su nombre al protagonista de Centauros del desierto. Bueno, exactamente a su padre, un entusiasta espectador hongkonés que sentía pasión por las películas del Oeste y John Ford. Tanto le gustaba el far-west que el día que tuvo entre sus manos a su hijo recién nacido, no lo dudó, le puso por nombre Wayne, porque John era demasiado común, demasiado inconcreto.
Y de ese modo, como si estuviera predestinado y en correspondencia con esa obsesión, Wayne Wang años más tarde, desembarcó en EE.UU., se hizo cineasta y en su obra se fue trenzando una insólita mezcla entre películas con vocación de llegar al gran público con incursiones en un cine más personal e independiente en donde, a veces, se enfrenta a temas vinculados con el origen de sus ancestros.
Mil años de oración pertenece a su vertiente más personal, la que palpa las diferencias culturales y lingüísticas, la que muestra el desarraigo y la soledad. Mil años de oración. lo dice la protagonista, hacen falta para compartir una barca con alguien y cruzar un río. Tres mil años son los necesarios para compartir la almohada. Lo que aquí se dirime es una cuestión de confianza. ¿Conocemos de verdad a quien vive con nosotros?
Su pretexto argumental parte de un reencuentro. Un anciano padre, antiguo ingeniero espacial, pierde a su mujer y decide viajar a EE.UU. para reencontrarse con su hija, una mujer que hace ya tiempo que supo de los 30 y que huyó de la China de sus ancestros para (re)hacer su vida.
Tras su apariencia de filme sencillo nos aguarda una historia emotiva llena de pliegues y pequeños gestos. El anciano padre se encuentra con una hija todavía bella pero que vive en una angustiada soledad. Nada en ella recuerda a su origen. De hecho, vive en una moderna urbanización de adosados con piscina llena de personajes neutros. Por eso, su primera reacción es arrancar de la puerta de entrada el adorno chino que su padre, en un gesto de afirmación de su identidad, ha colocado. Y es así como, con levedad pero acumulando instantes de profunda emoción, avanza, oración a oración, frase a frase, este poético panegírico sobre la (in)comunicación.
Wang muestra en lo mejor de su filme cómo dos ancianos, de la China comunista uno, del Irán previo al desastre bélico la otra, pueden entenderse sin comprender el idioma. O cómo pueden aceptarse sin palabras y cómo logran sentirse cerca sin llegar a tocarse. En Mil años de oración repican muchos toques distintos. Habrá quien perciba sones de Una historia verdadera de Lynch y no faltarán los que aquí encuentren los retruécanos verbales de Jarmusch. Concebido por Wang como un proyecto menor y sin pretensiones, su filme comenzó a crecerle hasta convertirse en una bonita historia. Buena parte de la culpa hay que achacarla a su principal protagonista, ese señor Shi (Faye Yu) de obstinada sabiduría e impagable presencia. Un viejo admirable.
En el filme Siete mesas de billar francés, Amparo Baró interpreta a una anciana que se pasa la película interrogando a todos: "¿Para qué sirve un viejo?" Allí nadie le contesta. La respuesta, una de ellas al menos, se encuentra en Mil años de oración. Los viejos, parece decir, sirven para poner a prueba la dignidad de los humanos. De su comportamiento con ellos podremos leer esa temperatura social que nos indica la gravedad de ese paciente del que todos formamos parte. Pero ésta es, sólo, una de las muchas reflexiones que, sin alzar la voz, sin cámaras crispadas ni montajes oscuros, se almacenan en el corazón de un reencuentro agridulce y tierno entre un anciano padre, chino y comunista, y una infeliz hija enamorada de quien no debe y aferrada a una esperanza que nunca llega. |