“LA verdad duele pero cura”, dice el subtítulo de este filme de Esteban Schroeder. No le falta razón y probablemente esto es algo más que una frase hecha. Ahora bien, la cuestión quema e incomoda cuando se trata de discernir qué es la verdad. En Matar a todos, la verdad se adorna con la legitimidad de quien denuncia la injusticia y se comporta con la rotundidad de quien cree que hace lo correcto. Yasí parece, la película creada por Schroeder hace lo que debe, denunciar un caso de complicidad entre los poderes políticos y militares de lo peor de cada casa. En este caso, las casas de las que se muestra la basura son Argentina, Chile y Uruguay. De paso, como quien no quiere la cosa, también se verbaliza alguna puya a la democracia española, de manera que todo queda globalmente latino, todo queda ennoblecido porque llevar a la picota al fascismo, la brutalidad, el asesinato y la tortura sin duda es oportuno, plausible y por qué no, sigue siendo valiente. Pero una cosa es estremecerse ante la verdad y compartir el discurso y otra asumir que Schroeder cinematográficamente apenas dice nada.
En un momento de su película, este cineasta con experiencia en el campo documental y autor de varios telefilmes, pone en boca del apenas entrevisto en esta película Dario Grandinetti la siguiente frase: “Lo que estás haciendo es muy importante”. Eso tan importante se lo dice a su antigua novia, cuyo personaje encarna Roxana Blanco, una abogada tenaz y comprometida dispuesta a airear el denominado caso Berrios, un químico chileno, involucrado en el Plan Cóndor, que apareció asesinado en Uruguay.
Sin embargo, el verdadero destinatario de esas palabras es el espectador. Aél se le repite que lo que está aconteciendo en la pantalla es muy importante porque, en el fondo, es más que probable que a esa altura del largometraje, en esa zona vertebral en el que el filme ya ha mostrado todo lo que podía dar de sí, el desinterés comienza a hacerle mella.
Matar a todos posee el look del cine-denuncia de los años 70 y 80. Como tal, en él se percibe una implicación directa con la denuncia que formula, una herida emocional y un vaciamiento personal. En mi caso, la verdad de este espectador ante su roce con esta película, es que en ella de dicen cosas pero no se ven, se presentan personajes pero éstos no transmiten sensación de vida, se crea una trama de resonancias a tragedia griega pero todo carece de fuerza y garra. Hay poco cine en Matar a todos y el que aparece, en todo caso, nada sabe del cine del siglo XXI.
En honor a esa verdad, justo es recordar la inexistencia de la industria uruguaya.Aunque, en este mismo festival, ahí al lado, en Horizontes Latinos, pueda disfrutarse con una obra vital y divertida como El baño del Papa. Pero esa es otra historia y la que aquí se nos cuenta se pierde entre la falta de luz y el exceso de solemnidad. Una pena.