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01-10-2007
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Hay que esperar a que nos salpique la sangre
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Tania, la impostora
Desmesura desaforada
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Los rostros del día
Dicen...
Desmesura desaforada
J. Gabriel De Mariscal
desvarío, desafío, desafío secesionista, reacción de organismo que se siente amenazado, parar los pies, Ibarretxe se envuelve en la bandera abertzale, lanzado a la autodeterminación y, finalmente, la culpa la tiene Zapatero. Todo esto he podido leer u oír en los medios de comunicación como reacción, a mi entender enormemente desproporcionada, a la propuesta del lehendakari en la última sesión del Parlamento vasco.

Es cierto que los nacionalismos, como toda idea fuerza, tienden fácilmente a la exageración. Ahora tenemos alborotado al nacionalismo español, es decir, a casi todos los políticos del Estado que no son nacionalistas periféricos. En todo este movimiento la pesca en el río revuelto de las elecciones próximas, sin la menor consideración ni respeto a la diversidad de posiciones de la ciudadanía y a la razonable estabilidad de la escena política, está a la orden del día. Pues bien, contra lo que predican a diestro y siniestro voces interesadas, se puede -y, en mi opinión, se debe- ser nacionalista y liberal.

Nacionalista, porque todos lo somos. Unos en forma descubierta y otros en forma disfrazada de hipotético patriotismo. Este patriotismo es el pretexto de la comunidad predominante en un Estado plurinacional para desconocer y dominar a los demás, y tiene poco que ver con el patriotismo verdadero, es decir, con la virtud que dice Montesquieu, con la preocupación y el esfuerzo por el bien de la comunidad y con la solidaridad hacia los demás conciudadanos y el respeto a sus derechos.

Por lo demás, una gran mayoría de los nacionalistas periféricos somos republicanos. Por ello, con los previsibles defectos de todo lo humano, estamos ante nacionalismos sustancialmente liberales por definición.

El que no es liberal, o al menos no se comporta liberalmente, es el nacionalismo español furibundo de la gran mayoría de los políticos y de una serie de sedicentes intelectuales que forman las mayorías estatales. Parecen anclados en el siglo XIX; obsesos por mantener su situación privilegiada y prepotente. A estos prohombres, esclerotizados en el pasado hasta cuando se llaman progresistas, tenemos que oírles -con gran gozo e hilaridad porque conservamos lo que a ellos les falta: sentido del humor- cosas tan curiosas como la de que el nacionalismo -por supuesto no el suyo, sino el periférico y carente de Estado- está fuera de la realidad y es algo del pasado, o que los miembros de los nacionalismos periféricos gozamos de más derechos que el resto de la población del Estado. ¡Gracioso, sin duda! Propio de una ópera bufa.

Uno puede no estar de acuerdo con el proyecto formulado por el lehendakari. ¡No faltaba más! Esto es normal en democracia. Aunque la Constitución sea, en su mayor parte, un texto razonable, déjennos que discrepemos ¡caray! de algunas de sus disposiciones sin convertir la norma en un monstruo sagrado con el que se amenaza y golpea a todo el que manifiesta disconformidad respecto de algunas de sus regulaciones. Esta gente practica el constitucionalazo, y como tuvo que decir el Tribunal Constitucional, cuando se hacen propuestas de carácter nuevo, o que suponen cambios normativos, siempre serán inicialmente inconstitucionales, o por lo menos ilegales. Si no, no serían cambios.

Los aspavientos, calificativos y actitudes que estamos viendo, por su carácter desusadamente épico, resultan de una impropiedad y ridiculez extrema. La épica castellana acabó hacia el siglo XV, o estirándola mucho, con Manuel José Quintana en el siglo XIX, aun cuando siempre quede algún discípulo atrasado. Por añadidura, la actitud de cerrazón hermética a considerar las propuestas, como ya sucedió con el proyecto de nuevo Estatuto que presentó el lehendakari ante el Congreso, es el primer escalón de la intolerancia y la negación más flagrante del sistema democrático liberal, que, según Habermas, debe garantizar a cada uno de los ciudadanos un triple reconocimiento: todos y cada uno de ellos "deben encontrar la misma protección y el mismo respeto a su integridad como individuos irrepetibles, como pertenecientes a un grupo étnico o cultural, y como ciudadanos es decir, como miembros del ser político común".

Y no se justifican estas reacciones por la oportunidad o inoportunidad, el acierto o desacierto de una propuesta política. Nadie tiene derecho a exigir a la vida política que todo lo que se proponga o se apruebe sea lo más sensato y acertado. Otra cosa, es volver a la Inquisición.

Para mantener un equilibrio razonable, se ha de sustituir en el Estado la épica y la tragedia por la lírica y la comedia, el espíritu inquisitorial por la tolerancia, el rencor y el odio por el perdón y la comprensión, y, sobre todo, asumir dosis de sentido del humor inconmensurablemente superiores a las que ahora almacena.
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