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Una ciudadana de Myanmar porta una vela durante una vigilia de protesta. Foto: afp |
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Hay que esperar a que nos salpique la sangre
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Zigor Aldama
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hace falta que corra la sangre para saltar a las portadas de los medios de comunicación. Por lo menos así sucede en lo que respecta a países pobres, y carentes de interés en la esfera internacional, como Myanmar, la antigua Birmania. Hasta que no quedaban llamativas en las imágenes las largas hileras de monjes, ataviados con sus exóticas túnicas de color azafrán, pocos habían sido los que se habían hecho eco de los aires de cambio que soplan en el país desde mediados de agosto. Fue entonces cuando la Junta Militar birmana decidió incrementar los precios del combustible y el aceite para cocinar hasta un listón inalcanzable para la mayoría de la población. Ahora ya tenemos las calles teñidas de rojo intenso y la prensa busca con ansiedad analistas capaces de comentar lo que sucede en un país que la mayoría no sabía ni que existiera. Y del que, además, nos llega información con cuentagotas. Todo esto lleva a una reflexión sobre el papel que juegan los medios de comunicación en momentos como este, en el que cumplen un importante papel social, capaces de impulsar a los gobiernos a tomar medidas de presión sobre uno de los regímenes más herméticos del planeta.
Es la postura de esa comunidad internacional la que puede determinar que la denominada revolución azafrán tenga éxito. No es suficiente el valor que los birmanos han demostrado al enfrentarse con las manos vacías a un ejército armado. Nada cambiará si países como China no toman cartas en el asunto. Y los chinos no moverán un dedo si el resto del mundo no lo hace primero. Los intereses económicos prevalecen sobre el respeto a los Derechos Humanos y el amor a los valores democráticos. Por eso, es necesario que la prensa se involucre con estos movimientos sociales que demandan la caída de un régimen tiránico para ser reemplazado por una democracia. En esta ocasión, parece que se ha conseguido ese objetivo, y Myanmar copa ya las portadas de los medios de todo el mundo. Quedan, no obstante, muchos otros conflictos olvidados que se ven relegados por otros más mediáticos, como pueden ser Irak, Afganistán o Corea del Norte. No porque éstos sean más terribles, sino porque los intereses de Estados Unidos están presentes y los muertos se amontonan en las calles cada día. África es, sin duda, el continente más violento y, también, el más desconocido. Tampoco es fácil encontrar información sobre conflictos de América Latina y de Asia.
Es obligación de la prensa ir más allá. Contextualizar los temas y ofrecer a la opinión pública una imagen detallada de lo que sucede, sin caer en el fácil recuento de víctimas mortales y en las asépticas informaciones de agencia. Porque eso lleva al hastío de la opinión pública, saturada de cadáveres que llegan de muy lejos, de guerras cuya raíz no conoce. No es necesario invertir cuantiosas sumas en corresponsales o enviados especiales. Sólo se requiere interés por parte de los periodistas, y una investigación más exhaustiva.
En este caso concreto, es importante ver lo que ha sucedido en otros países que han vivido situaciones similares. Es el caso de Nepal. Abril de 2006 supuso un punto de inflexión en una década de enfrentamiento entre la guerrilla maoísta y el gobierno, ligado a la corona. Como sucede ahora en Myanmar, la población gritó basta ya, y tomó las calles de la capital, Katmandú, para exigir un acuerdo de paz y una democracia sólida. China también jugó un papel fundamental, guiada por sus intereses económicos, pero cambió de postura y se alineó junto al grueso de la población que protestaba. Ahora, que se repitiera el caso de Nepal sería una bendición para los birmanos. Y en que eso suceda tienen mucho que ver lo que gobiernos de todo el mundo hagan y, de nuevo, la reacción que la prensa provoque en ellos.
Esperanza y pesimismo brillan juntos en el horizonte. La primera porque los birmanos ven esa posibilidad de abrir la puerta a la democracia, cerrada a cal y canto durante seis décadas. La segunda, porque son conscientes del sacrificio que ello requiere, y porque no están seguros de que vayan a contar con el respaldo de una comunidad internacional. Como muchos me aseguraban durante mi estancia en Myanmar, la población no tiene miedo a la muerte, a lo que teme es a la muerte baldía. Lo mismo les aterraba hace algo más de un año a los nepalíes. En las manos de los profesionales de la información también está que sus temores se disipen.
* Es periodista, especialista en Extremo Oriente |
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