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Bettini celebra, ametralladora en mano, su segundo triunfo consecutivo en el Mundial, mientras a su espalda, Kolobnev se lamenta por la oportunidad perdida. Foto: efe |
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Bettini mundial
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Emula de esta forma a George Rousse, Rik Van Steenbergen, Rik Van Looy y Gianni Bugno.
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Alain Laiseka
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Bilbao. Lanzó su rabia al aire antes incluso de cruzar la meta, cuando superó al rocoso Kolobnev que lanzaba el sprint por el centro de la calzada, y se vio ya ganador. Su boca no dibujó una sonrisa. En su lugar, puso una mueca por donde se escapó la rabia que le quedaba dentro, la que no había podido soltar sobre el asfalto en los 20 kilómetros finales de un Mundial más agresivos, más espectaculares, más reivindicativos (esto es ciclismo) que se recuerdan. Gritó para liberar el rencor, para vaciarse, mientras simulaba que portaba una ametralladora, y disparaba a discreción. ¿A quién? Sólo él, Paolo Bettini, lo sabe. Siguió su danza de puños al aire, de gestos de alegría desbordada, una vez cruzó la meta, una vez que sabía que el arco iris volvía a ser suyo. Y por un instante, cuando detuvo su bici en medio de una marea de periodistas y auxiliares italianos, tuvo tiempo, apenas unos segundos, entre jadeos, borracho de adrenalina, para reivindicarse, para lanzar un mensaje a sus detractores, a los que le tuvieron en pasado jueves declarando en una comisaría de Stuttgart como si fuera un delincuente, los que lucharon lo indecible, como si les fuera la vida en ello, para que ayer por la mañana no estuviera entre los 198 ciclistas que lucharían por entrar en la leyenda. "Ha sido una semana difícil. Fui acusado de ciertas cosas, me atacaron desde todos los lados y quería contestar con una victoria. Éste es un presente para toda la gente, para todo el mundo. ¡Grazie a tutti!", gritó emocionado, fortalecido, en la cima de su venganza, de su redención.
Luego, apenas unos minutos más tarde, se bajó de esa atalaya de dioses para volver a ser humano, de carne y hueso, mundano, frágil, débil... y se quebró, en brazos de uno de los auxiliares de la selección italiana en el box azzurro. Lagrimas de campeón, con mayúsculas, corriendo por un rostro enrojecido, emocionado hasta el límite, que se ocultó luego tras una toalla blanca absorbedora de penas. Entonces, quizás, mientras pensaba en lo que había logrado, en lo que había hecho, pudo responderse a la pregunta que lanzó al aire un año antes, cuando en Salzburgo su canto de grillo retumbó en el aire al convertirse por primera vez en su carrera en campeón del mundo. "¿Qué más puedo ganar?", se preguntó entonces como saciado, como quien llega ya al final de un camino o descansa su sueño sobre la montaña más alta y más inaccesible del planeta después de estrellarse contra ella durante años. Desasosiego borrado, espantado con un triunfo que persiguió el italiano hasta la saciedad, hasta desesperarse: noveno en Plouay 2000, segundo en Lisboa 2001, cuarto en Hamilton 2003, se tuvo que retirar en el Mundial de Verona 2004 diseñado por y para él después de sufrir una caída, fue el mejor pero no pudo evitar el sprint en Madrid'05 y, por fin, el año pasado se resarció. Campeón del mundo. Cumbre.
"¿Qué más puedo ganar?". La pregunta retórica, sin respuesta, tenía sentido entonces. Nada era la respuesta que nadie le dio. Porque nada podía superar la sensación de liberación que supuso para el mejor clasicómano de la última década (dos Lieja-Bastogne-Lieja, una Milán-San Remo, dos Campeonatos de Zurich, dos Giros de Lombardía, campeón olímpico, una Clásica de Donostia y una Hew Cyclassics para empezar a hablar) lograr el anhelado arco iris.
El tiempo corre más que cualquier caballo cuyas huellas se las lleva el viento, las entierra la arena. Ayer no existe, es un recuerdo, nada tangible, una muesca en la memoria. La pregunta de Bettini el año pasado en Salzburgo, en plena eclosión de júbilo, ya no era retórica, tenía respuesta ayer por la mañana: otro Mundial, otro arco iris. ¿Para qué? Para acallar bocas, para responder así al atropello que ha provocado la histeria del dopaje durante la larga, larguísima, semana previa a la carrera, y de paso, para entrar en la historia, para tomar el testigo de Gianni Bugno (curiosamente en la misma ciudad en la que éste logró su primer oro mundialista en un sprint en el que Indurain fue tercero) y convertirse en el quinto ciclista en firmar dos victorias consecutivas en el Mundial. Antes que Bettini lo hicieron George Rousse (1928-29), Rik Van Steenbergen (1956-57), Rik Van Looy (1960-61) y el mencionado Bugno (1991-1992).
Italia, irreconocible Decía Óscar Freire la víspera de la carrera que Italia tenía muchas papeletas para ganar el Mundial siempre y cuando hiciera las cosas bien. Ese es el problema azzurro: hacer las cosas bien, pensar en bloque, como un equipo. Nunca, salvo contadas excepciones, como la del Mundial de Zolder donde todos trabajaron para que Mario Cipollini conquistase su primer y único arco iris, lo han hecho. Dicen que Italia es una jaula de grillos, un corral con muchos gallos que pelean por sus intereses. Francotiradores desconfiados. Ególatras. Individualistas. Pero algo, no se sabe bien qué, cambió ayer en Stuttgart. Sería, quizás, la adversidad, que une. La selección de Franco Ballerini, como la estatal, había pasado toda la semana pendiente de las decisiones del CONI (que logró que Di Luca no saliera) y de los organizadores del Mundial de Stuttgart. Piña, unión, conjura para buscar la vendetta. Porque si hubo un equipo ayer sobre el quebrado circuito de mundialista fue el azzurro, a la contra, buscando reventar la táctica de la selección estatal (CBR: comer, beber y a rueda).
Una vuelta para el recuerdo Ballan, Cunego, Bertolini y Bruseghin fueron los dinamiteros, los que dejaron el pelotón, con el paso de los kilómetros, en apenas una cincuentena de unidades que afrontó las dos últimas vueltas, los últimos 40 kilómetros. Entonces apareció Davide Rebellin, el ciclista iluminado por la fe. Un ataque despiadado en Birkenkopf (el segundo repecho del circuito) le dejó a solas con su sombra después de que Joaquim Rodríguez se dejara vencer por el sufrimiento. El veterano italiano, que este mismo año se impuso en la Flecha Valona, coronó Birkenkopf en solitario y al poco se le unió Kolobnev, un compañero generoso con el que hizo camino. Atrás, reinaron las miradas. Pánico. Italia tenía ya la carrera donde quería. Antequera, nervioso, sacó entonces a sus corredores del ostracismo. A tirar. Rebellin asustaba, claro. Tanto, que al final de la 13ª vuelta, antes de empezar ya el último giro y después de que Purito, el Triki Beltrán, Carlos Sastre y Carlos Barredo entregaran sus fuerzas para enjuagar la diferencia del dúo de cabeza, el propio Alejandro Valverde se puso al mando y acerco el grupo a la estela de los fugados. Sacrificado.
Las llamas de la encerrona azzurra se consumieron en las estribaciones de la cota de Herdweg (la primera del circuito, con la rampa más cruel del 13%). Entonces comenzó el espectáculo. Samuel Sánchez, hasta ese instante en la sombra, descubrió sus cartas, encendió la mecha y Bettini sopló para que prendiera. El grupo saltó en mil pedazos. Carrera descuartizada. Al frente, los de siempre, Bettini, Samu, Boogerd, Schumacher, Schleck, Evans, Kolobnev... Atrás, Freire solitario, ahogado, eliminado, apartado de la historia, de su anhelado póquer arco iris.
La carrera, al frente, era un amasijo de nervios. Chispeante. Hasta el Birkenkopf. Allí, volvió a aparecer Rebellin, para templar, para allanar el terreno a Bettini. Equipo. Como nunca antes. Catapulta para que el Grillo soltase gas. Cuando lo hizo, nadie le siguió. Samu penó. Debilidad. Se abrió y se despidió allí de su sueño arco iris. Al Grillo, sólo se arrimaron Schleck, Evans, Schumacher y Kolobnev. Nadie más. Cinco para tres metales que se repartieron en un sprint emotivo que acabó con Bettini vestido de arco iris. |
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