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Las compañías automovilísticas están apostando con fuerza por procesos de fabricación y productos con menor impacto medioambiental, no se sabe si por conciencia o presión. |
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Etiqueta verde
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Los fabricantes de coches comienzan a ofrecer al público, por ahora con escaso éxito -lamentablemente para el medio ambiente-, modelos con sistemas de propulsión menos contaminantes.
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Juan Ángel Martínez
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LaS compañías de automóviles apuestan con determinación por la ecología. Nunca sabremos si la decisión obedece a motivos de conciencia o a la presión de unas leyes cada vez más severas con las industrias contaminantes. Lo cierto es que las grandes marcas se están replanteando tanto los procesos de fabricación como las secuelas que dejan sus creaciones a fin de minimizar su impacto medioambiental. Además, comienzan a introducir en su repertorio propuestas animadas por motorizaciones algo más limpias. Por el momento, estos productos de línea verde son escasos y reciben una fría acogida por parte del mercado.
Ni los automovilistas ni gobiernos e instituciones han empezado a tomar en serio iniciativas ecológicas como las de los sistemas de propulsión híbrida o las mecánicas preparadas para funcionar con biocombustibles. En el caso de los primeros, el motivo más probable es el desconocimiento o la incertidumbre que suscitan estas tecnologías. Ni siquiera las personas más sensibilizadas y dispuestas a cooperar encuentran facilidades para ejercer su voluntad de preservar del ecosistema. Para empezar, la oferta de modelos híbridos o bio es todavía escasa y requiere un desembolso superior al de productos convencionales equivalentes. En concreto, el empleo de los nuevos carburantes tropieza con el problema de la precaria red de estaciones de servicio que hoy los suministran. Por otro lado, la posibilidad de utilizarlos en modelos con propulsores convencionales suscita no pocas dudas entre los propietarios: ¿Está preparado mi coche? ¿Afecta su uso al rendimiento? ¿Pone en peligro la integridad del motor?
La postura de la administración tampoco contribuye a desterrar tales reparos. A la espera de que entre en vigor la anunciada reforma fiscal que grava menos a los vehículos con bajas emisiones, se echan en falta algunos gestos ejemplares que incentiven el uso de tecnologías y combustibles menos nocivos. Seguramente, el hipotético anuncio de que las flotas de vehículos oficiales de ayuntamientos, cuerpos policiales, ejército, etc. van a ser renovadas por modelos ecológicos (eléctricos, biodiésel, bioetanol, etc.) disiparía los recelos que sobre ellos tienen hoy muchos particulares.
LAVADO DE IMAGEN Por una vez los fabricantes de coches, consumados especialistas en manejar los resortes de la comunicación para vender su mercancía, se han dejado meter un gol entre piernas. Nadie sabe bien por qué, pero el automóvil se ha convertido hoy en el malo de la película. Una parte de la opinión pública lo considera el culpable oficial de la degradación del planeta, crimen del que, en realidad, sólo es parcialmente responsable.
Indiscutiblemente los coches son, en sí mismos, contaminantes, por lo que es preciso poner freno inmediato a dicha condición. Pero no hay que olvidar que el sector del transporte, del que los turismos son la punta del iceberg, únicamente aporta una cuarta parte de las emisiones totales de dióxido de carbono. Además, no vale satanizar a una máquina y redimir a quien la hace funcionar. En otras palabras, que el daño a la atmósfera no lo causa el automóvil, que no pasa de ser una herramienta, sino la persona que la pone en marcha, a menudo de forma innecesaria. Así pues, la solución al problema de las emisiones nocivas pasa también por un cambio de actitud por parte de los usuarios.
Es por eso que el sector de la automoción lleva unos años manos a la obra con el objetivo de paliar los efectos de sus productos y, de paso, lavar su imagen. Parece que va por buen camino aunque, hoy por hoy, el tope máximo de 120 gramos de CO2 por kilómetro que las autoridades europeas quieren implantar para 2010 se antoja insalvable. Los constructores, que ya están reclamando una revisión más realista de dicho límite, van a tener que trabajar duro para obtener el aprobado.
Los esfuerzos económicos y humanos de las principales compañías involucradas en este reto, que no son todas, siguen dos rumbos paralelos. Uno está representado por la tecnología híbrida, que concilia el esfuerzo de motores eléctricos y tradicionales de explosión. A la defensa de esta vía, abierta por Toyota-Lexus y Honda, se han sumado recientemente Peugeot-Citroën y General Motors. El otro derrotero es el del uso de combustibles alternativos (etanol y gasóleo de origen agrícola), bien solos o bien combinados con derivados del petróleo. Ahí coinciden, por ejemplo, las firmas del grupo PSA, Ford, Renault, VW y Opel.
De forma independiente o en asociación con otra, las distintas marcas van ultimando proyectos de uno y otro tipo. Luego, cada una se encarga de mostrar y rentabilizar el resultado, proceso en el que se perciben distintos grado de convicción y entusiasmo. |
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