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Dos operarios desmontan la carpa instalada junto al hotel María Cristina, ayer. Fotos: ainara garcía y javi colmenero |
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Plegarias atendidas
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Mejores películas y más estrellas, de las que aportan la imprescindible dosis de glamour, han permitido levantar el vuelo al Zinemaldia en una edición que se presumía crucial por la dura competencia a la que debe enfrentarse el festival donostiarra.
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Ruth Pérez de Anucita
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NO ha trascendido si han sido necesarios mil años de oración, pero el Zinemaldia, que en las últimas ediciones había transmitido la impresión de estar empequeñeciéndose sin remedio, ha firmado una edición notable, sin estridencias, cuando más falta le hacía.
El rostro expresionista de una mujer con mirada azul mar y el rumor de las olas ha presidido diez días en los que se ha infiltrado la idea de que se trata de la edición más redonda de los últimos años. Quizá porque comenzó con buen pie. La 55ª edición del Zinemaldia ha empezado y terminado en Londres: de los crudos entresijos de la mafia rusa al robo perfecto en una compañía de diamantes. Entre una y otra, han desfilado historias de detectives privadas, la hermosa y desasosegante búsqueda de un cuaderno, una casa que es mucho más que una casa y la supervivencia de la cría de una ballena jorobada. También les han inspirado la imaginación del escritor, la degeneración que provoca la telebasura, el dolor de las víctimas, el envejecimiento de una actriz, las carambolas del billar, una conspiración mundial femenina, la incomunicación entre un padre y su hija, la Operación Cóndor, el drama de los inmigrantes mexicanos o el descenso a los infiernos de una joven madre.
Más que encerrar sus lugares comunes en un adjetivo, habría que hablar de un calidoscopio de historias íntimas. Porque asimismo han visitado Donostia un astronauta perdido en el cosmos, un dulce libanés, Alberto Iglesias, la melancolía de los fados, una exploración salvaje del paint-ball, la hora azul en la ribera de Los Ángeles, un albañil que pone en jaque al City Bank, el anillo de Ringo Starr, huevos de avestruz, mariposas y escafandras, Marlon Brando, un locutor revolucionario, sobrevivir al caballo, Berlin, asesinato en la corte, sweet home Alabama, un funeral divertidísimo o un limpiador muy eficaz
De eso, de historias, mejores y peores, se ha nutrido siempre el festiva donostiarra, que ha vivido últimamente años accidentados. Sufrió en 2001, cuando el 11-S le dejó sin estrellas, películas o Premios Donostia. Rozó el cielo tres años después, con el estreno mundial de Melinda y Melinda de Woody Allen, a la que siguieron un par de ediciones algo más insulsas que, además, padecieron recortes presupuestarios. El año pasado la Sección Oficial flojeó, faltaron las estrellas y el fallo del jurado no colaboró para complacer a la crítica. Se llegó a especular con un cambio de fechas que el festival siempre descartó y en la eterna cuestión del glamour, el director del festival, Mikel Olaciregui, zanjó: "Si alguien quiere a Paris Hilton, nosotros no lo vamos a traer".
la forma Lluvia de estrellas
Paris Hilton no, pero el Zinemaldia se ha peleado este año por atraer a Richard Gere para conseguir exactamente lo que ha obtenido: media ciudad volcada detrás de las vallas. Su imán mediático y popular ha diluido cualquier crítica hacia la concesión del Premio Donostia a una filmografía que, si se mira con lupa, cuenta con Coppola y Kurosawa como avales. La otra galardonada, la actriz y cineasta noruega Liv Ullmann, ha aportado lo contrario: frente a la algarabía, la adoración incondicional de una minoría. Y es que, en función del espectador, esta edición ha sido la de Gere, Samuel L. Jackson y Demi Moore, o la de Paul Auster, Ullmann y Lou Reed.
Aunque Olaciregui no pierde la ocasión de recordar que el peso específico de un festival se resuelve en su relación con la industria cinematográfica y los medios de comunicación, también ha reconocido que el público es un patrimonio muy especial del festival, que debe conservarse. En ese sentido, uno de los momentos álgidos de la edición fue la llegada a medianoche de Richard Gere al hotel María Cristina, donde se arremolinaron cientos de personas para esperarle.
Como contrapartida, poca gente se ha dado cuenta del privilegio de la visita de la estupenda Irene Jacob. Tampoco se han inmutado las masas con la presencia de Richard Lester, el director de Golfus de Roma, responsable de reavivar la nostalgia beatle. De la lista de invitados se han caído John Leguizamo y Aston Kutcher pero, por lo demás, sólo ha faltado que Lou Reed accediese a tocar.
Al margen de los cazaautógrafos, Donostia puede presumir de los 110.000 espectadores que han acudido a las salas en estos diez días, un número que se eleva a 200.000 si se contabiliza la prensa acreditada.
el contenido Una historia verdadera
En pocas ocasiones un miembro del jurado había despertado tanto atención en Donostia. Si este año la organización del festival se ha esmerado por no dejar huérfano el capítulo del glamour, no es menos cierto que no ha querido que se diluyera la identidad seria del Zinemaldia, empezando por un golpe de autoridad intelectual al colocar al escritor Paul Auster al frente del tribunal de la Sección Oficial.
La calidad de las películas presentadas en la zona noble del festival ha alcanzado el notable, que se ha visto reforzado con un fallo del jurado que, si bien ha dejado alguna laguna, no ha disgustado a nadie.
Las retrospectivas de Philippe Garrel y Henry King han pasado más desapercibidas que en años anteriores -sólo existe un Lubitsch- y Zabaltegi no contenía tantas joyas como en otras ediciones, aunque las ha habido. La sección alternativa ha cumplido, al igual que los documentales. En el año del regreso del teatro Victoria Eugenia como escenario (un estímulo más), falta por saber la parte que no suele trascender y que es la que sustenta en parte al festival, su carácter de plataforma, su poder de atracción hacia los compradores de películas. Una buena forma de comprobarlo será la distribución que obtengan las películas que han desfilado por las pantallas estos días.
la competencia Los otros
Aunque los críticos han valorado una Sección Oficial más sólida que las de Berlín y Venecia, lo cierto es que Donostia sigue siendo el hermano pequeño de los festivales de categoría A, y por si fuera poco, han nacido nuevos certámenes, comprimidos en el tiempo y el espacio. El Festival de Toronto, que se celebra la primera quincena de septiembre, ha arrebatado varios títulos al Zinemaldia. Sin ir más lejos, el certamen canadiense había estrenado Promesas del Este (donde, por cierto, sí obtuvo premio, el del público), también se adelantó con Emotional Arithmetic y se llevó la última de Medem.
Roma, que se inició el año pasado, conquistó a Nicole Kidman y estrenó Infiltrados de Scorsese. Este año repetirá bombazo con Coppola. Y, además, ha emergido Sevilla, cuyo certamen se celebrará la primera semana de noviembre y estará dedicado íntegramente al cine europeo. "Con datos objetivos, seguimos siendo un festival de referencia", asegura Olaciregui. Les quedan once meses por delante para volver a lograrlo. |
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