"NO se puede probar, pero yo estoy convencida". Erme Pedroso es miembro de la asociación Albaola, de Pasaia, que trabaja en la preservación y difusión del patrimonio marítimo vasco. Hace tiempo que están en contacto con agrupaciones dedicadas también a la conservación marítima en Galicia y, hace casi cinco años, apenas unas semanas después de tener conocimiento del hundimiento del Prestige, se pusieron en contacto con ellos. "Las instituciones gallegas decían que no hacía falta más gente", recuerda Marcos Sistiaga, también miembro de Albaola. Igual que decenas de agrupaciones vascas y de ciudadanos particulares, montaron en un autobús y pasaron tres días arrancando fuel de las rocas. Erme supo, a la vuelta, que estaba embarazada y una ecografía diagnosticó una malformación en la niña, que nació con un pie zambo, es decir, doblado hacia adentro.
Es consciente de que no es posible probar que el hecho de pasar tres días recogiendo chapapote influyera en su embarazo, ni siquiera se puede determinar si la malformación es consecuencia de una herencia genética o de factores ambientales. Sin embargo, no le sorprenden las declaraciones del Gobierno español que admite la existencia de estudios científicos que afirman que quienes estuvieron en la costa gallega limpiando fuel tienen mayor riesgo de padecer problemas respiratorios. Los estudios de algunas universidades a los que hace referencia el Ejecutivo hablan también de posibles afecciones al ADN y al sistema hormonal.
La asociación Albaola estuvo en varias islas de la costa gallega los días 6, 7 y 8 de diciembre de 2002. Alrededor de 50 personas viajaron con ellos y fueron la Diputación de Gipuzkoa y el Gobierno vasco los que les facilitaron el material, que además de buzos, incluía mascarillas con filtro de carbono.
Sin embargo, una vez en Galicia, comprobaron que la desorganización era considerable y que, probablemente porque aquellas primeras semanas el material no llegaba para todos, muchos arrancaban chapapote sin mascarilla. "Los primeros días, incluso, sin buzos ni palas, nos contaron que lo recogían con las manos", recuerda Sistiaga.
Explican que no había quien supervisara que se tomaran las medidas de seguridad, que los trabajadores de Medio Ambiente que se encargaban de supervisar la actividad de los miles de voluntarios tampoco eran expertos en el mar y que el "desorden" era palpable y la "frustración" de quienes acudían a ayudar, también.
Al final, Sistiaga y Pedroso insisten en que fueron los propios ciudadanos y las cofradías de pescadores los que lograron movilizar y organizar a la gente, que llegó de todas partes. En la CAV, incluso, se creó una asociación unida a la plataforma Nunca Máis, Sekula ez Berriro, con sede en Bilbao, que también llenó varios autobuses en dirección a Galicia.
Pese que todo apunta a posibles secuelas en esos marineros y mariscadoras gallegas, no existen datos científicos que determinen algún riesgo para los voluntarios que, como centenares de vascos, pasaron sólo unos días expuestos al fuel en la costa gallega. |