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03-10-2007
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La profesora Marian Díaz repasa con sus alumnos extranjeros lo aprendido en la clase anterior en el centro de Educación Permanente de Adultos (EPA) en Barakaldo.
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Letras para una nueva vida
Mayores de 65 años y extranjeros acuden a las escuelas de educación para adultos de la CAV para aprender a leer y escribir. Los primeros ya conocen el idioma, pero no pudieron estudiar; los segundos quieren conocerlo. En ningún caso falta motivación.
M. Ruano
Caminan por la ciudad sin saber en qué calle se encuentran, no entienden el letrero del autobús y se las apañan como pueden para hacer la compra. Son personas que no saben leer ni escribir, sobre todo mayores de 65 años que tuvieron que ayudar en su juventud, e incluso en su infancia, a mantener a sus familias para no sumergirse en la pobreza que la guerra trajo consigo. También se incluyen en este grupo los extranjeros que abandonan sus países de origen en busca de un futuro más apacible. Hay quienes llegan con el castellano debajo del brazo, pero en su mayoría se aventuran sin apenas conocer una palabra. Tienen objetivos comunes, aprender a escribir y leer en un mismo idioma, pero motivaciones diferentes. Sin embargo, todos ellos ven en las escuelas de educación para adultos la oportunidad perfecta para alcanzar sus fines.

En una de las aulas de Educación Permanente de Adultos (EPA) de Barakaldo el profesor Vicente Puente reparte los ejercicios corregidos del día anterior y los que tendrán que hacer esa misma tarde. Ocho personas ocupan las mesas del aula dedicada al nivel inicial, la alfabetización básica, en el que sólo hay un hombre, Luis, como alumno. Los ejercicios corregidos apenas presentan tachones hechos con bolígrafo rojo, el color elegido por los profesores para indicar los errores.

Los alumnos se muestran atentos a las indicaciones de Vicente y repiten aquello en lo que se equivocaron. Las hojas muestran sumas, restas, diferencias entre nombres propios y nombres comunes, "cada uno a su ritmo", señala el profesor. Sin prisa pero sin pausa porque, al fin y al cabo, para los mayores que acuden la alfabetización es la ilusión de su vida..

Dolores Vénega
"Era la ilusión de mi vida aprender a poner mi nombre"

Nada más jubilarse, esta extremeña de origen no lo dudó y se apuntó a la EPA de la localidad fabril, donde reside desde hace cuarenta años. "Era la ilusión de mi vida saber poner mi nombre, y pasar por un cartel y saber por la calle que iba sin tener que preguntar", revela sin un ápice de timidez. Nació en 1936 y la huella de la Guerra Civil la obligó "a salir al campo a trabajar cuando era muy pequeñita".

Ha comenzado su quinto curso en la escuela y confiesa estar "muy contenta" porque cuando llegó no sabía leer ni escribir y "no conocía ninguna letra. Ahora ya sé firmar, antes lo hacía con el dedo, y puedo mirar una carta y saber que no es para mí". Intenta superar las dificultades por sí misma, sin ayuda de sus hijos ni de su marido. "Lo que yo hago es porque puedo hacerlo", expresa orgullosa.

A Dolores las clases le saben a poco. "Cuando nos vamos digo '¿ya son las seis?' y cuando voy a casa intento leer un poco, que es lo que más sé". Lamenta no haber podido ir a la escuela "cuando tendría que haber ido". "¡Pero nunca es tarde!", exclama. Su situación es la de muchas personas, mayoritariamente mujeres, que no pudieron estudiar porque tuvieron que hacerse cargo de la familia. "Tengo amigas que no saben leer ni escribir y las animo a que se apunten, pero siempre me dicen que dónde van a ir con la edad que tienen". Para esta mujer ir al supermercado era una prueba más a superar. "Siempre decía que no había traído las gafas, aunque nunca me he avergonzado". Incluso en el amor se le presentaron obstáculos: "Mi novio estaba haciendo la mili y tenía que pedirles a mis amigas que le escribieran las cartas y me leyeran las que él me mandaba".

Aún recuerda cómo fue su primer día de clase. "Pasé muchos nervios porque no me salían los ejercicios", confiesa y en situaciones como estas ha llegado incluso a llorar. "Pero sólo me ha visto Vicente, el profesor". Poco a poco ha ido mejorando y su firma, redonda y legible, escrita con trazo lento, adorna un folio que nos regala a modo de recuerdo. "Me habría gustado ser enfermera para ayudar a los enfermos, a los abuelos, a los niños… Y a veces me equivoco con los ejercicios, pero estoy encantada".

Dolores Morales
"Perdí a un chico por no saber leer ni escribir"

"Yo era la mayor de cinco hermanos y tuve que ponerme a trabajar cuando era muy joven". Hace cinco años, como su compañera de pupitre, se enteró de esta oportunidad y se "arriesgó". Ella ya conocía algunas letras cuando empezó y ahora ya puede leer "alguna carta". Aún así, considera que "lo peor es escribir". Dolores habla sin cesar, cediendo en ocasiones la palabra a su tocaya. Leer y las matemáticas son, según ella, lo más fácil. "Pero mira, tengo cuatro cuentas mal". Echamos un vistazo a su hoja de ejercicios y, efectivamente, tiene cuatro cuentas mal de aproximadamente veinte. ¿Acaso nadie yerra? Pero ella es tan exigente consigo misma que no permite que su marido le ayude con los ejercicios que realiza en casa. "¡Yo, por mi cuenta!", exclama. Incluso en la calle, cuando no entendía un cartel, "decía que las gafas las tenía mal graduadas y no veía bien". En su juventud, ella también vio cómo se alejaba el amor: "Yo por no saber leer ni escribir perdí a un chico. Estaba trabajando fuera y me daba apuro decir que me escribiera", explica esta enamorada de la historia. "Me habría encantado estudiar Historia", explica. Dolores tiene una hija que es maestra, pero nunca quiso que ella le enseñara. "Lo intentó muchas veces, pero yo le decía que hiciese su vida con su familia y siempre le ponía excusas para que me dejara tranquila". Al final lo hizo por su cuenta. "Hay que echarle valor, además me obligo a salir de casa y lo paso bien porque no me aburro en clase".

Los recién llegados
Integrarse en la sociedad y buscar un trabajo

Dejamos a los mayores con sus ejercicios y nos dirigimos a un aula del mismo pasillo donde se imparte uno de los cursos de castellano para extranjeros. Son las cinco y diez y comienzan puntuales. Como cada tarde durante tres días semanales y a lo largo de dos horas, un grupo compuesto por personas de diferentes nacionalidades se reúnen con un objetivo común: aprender castellano. Chinos, africanos y rumanos, entre otros, buscan el conocimiento de una de las lenguas oficiales de la CAV en su afán por integrarse en la sociedad y encontrar un trabajo. Marian Díez, la profesora encargada de uno de los cursos iniciales comienza la clase haciendo un pequeño repaso a lo que aprendieron en los días anteriores. "¿Cómo te llamas?", pregunta y un joven magrebí responde "Rachid". Marian le pide a otro alumno que se encuentra en uno de los extremos de la fila de mesas que le pregunte el nombre a la compañera que tiene enfrente. "¿Cómo te llamo?", dice, y ella le corrige: "No, cómo te llamas", haciendo hincapié en la última sílaba del verbo. Es el curso inicial y les cuesta familiarizarse con los verbos.

Milena Fonseca Almeida "Pienso en mi idioma y después lo traduzco"

Esta guineana recuerda el día exacto que comenzó en la escuela, "el 10 de febrero". Dice que comprende bien el castellano, pero tiene algunas cosas que le cuesta entender "porque son diferentes al escribirlo y al pronunciarlo. Aunque lo intento". Hay que poner empeño en superar las dificultades. Llegó hace nueve meses desde Guinea Bissau para "estar con el novio, que vive aquí desde hace cinco años" y se defiende bastante bien en castellano, aunque explica que "escribir es más fácil. Pero al hacer los ejercicios pienso en mi idioma, que son el criollo y el portugués, y después los traduzco". Lo encuentra con menos dificultad así, ya que "el portugués tiene palabras parecidas". Y cuando sale de clase, no olvida su interés por el idioma: "Hago deberes y leo aunque no puedo dedicarle mucho tiempo porque tengo un niño de tres años".

Bennie Greyling
"El castellano es muy diferente al afrikáans"

Bennie llegó a Barakaldo por amor. "Mi mujer es vasca y nos conocimos en Inglaterra, aunque yo soy de Sudáfrica", explica. Vivieron en la isla un tiempo, hasta que hace seis meses decidieron emigrar y hace dos se apuntó a la escuela. "El castellano es muy diferente a mi idioma, el afrikáans. Sobre todo confundo el singular y el plural, pero necesito aprenderlo", valora. Además, aprovecha el tiempo para entablar conversación. "Soy cocinero y en mi trabajo también practico con los compañeros. También hablo inglés, y para hacer las cosas, primero pienso en inglés". Al igual que Milena, cuando sale de clase continúa aprendiendo el idioma. "Mi mujer me ayuda".

Los profesores de ambos cursos, Vicente y Marian, coinciden en que impartir estas clases "es muy gratificante porque son muy agradecidos". Los dos destacan la motivación de los alumnos, aunque Marian lamenta que algunos tengan que abandonar porque encuentran un trabajo.
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