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Kartografiak
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Microcosmos
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Jesus M. Lazkano
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Interactividad, mestizaje, multiculturalidad, todo muy chic, muy a la última, muy urbano… No son más que palabras que quieren disimular realidades complejas, imposibles de repetir y que las circunstancias de la vida multiplican. Ocurría en los Highlands de Escocia, en Port Apin, primeros de agosto. Escondidos en una costa recortada y pedregosa, azotada por el viento atlántico del oeste, frente al embarcadero, el único edificio del pequeño puerto, la única taberna en la región, el último rincón del territorio.
Leemos todos los días sobre la uniformización del gusto, sobre los modelos globalizados de consumo, sobre la estandarización de las personas… Pero allí estábamos, escondidos del viento, la lluvia y la noche negra, un microcosmos definido por cuatro oscuras paredes y la escasa luz de la vieja bombilla, sobre la mesa de billar. Junto a nosotros y formando parte intrínseca del bar, el pintor del pueblo, posmoderno él, con su gastado traje de lino y barbas blancas, pelo desaliñado y glamour local barnizado con escepticismo, flirteando con una becaria alemana bastante más joven, desautorizando la documenta de Kassel y la bienal de Venecia a las que nunca han asistido. En la esquina, chorreando agua, un navegante solitario, recién llegado del velero fondeado en la ensenada, incapaz de dejar de mirar a dos matrimonios, ellos trajeados médicos jubilados que discutían con sus esposas, recauchutadas y anoréxicas, ataviadas para la ocasión, es decir, como si fueran a la ópera: pelo cardado, escote palabra de honor y joyas refulgiendo en el humo del local… La humedad del ambiente se iba empastando poco a poco y lo anacrónico de la escena progresaba de la oscura cerveza al whisky local con sabor a turba, en un proceso de solidificación imparable, mientras las bolas de baquelita del billar sonaban secas y apagadas, dibujando sobre el tapete, los límites de un microcosmos irrepetible y glorioso mientras el fin del mundo no parecía lejano… |
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