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Mesa de redacción
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Garzón, Ig Nobel
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Enrique Santarén
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eSTA vez, señoría, el premio no se le escapa. En 2002 no fue posible llegar hasta la meta, aunque hay que reconocer que alcanzar la sola candidatura al Premio Nobel de la Paz es suficiente honor para cualquier ser humano, a no ser, claro, que se llame Baltasar Garzón. Pero esta vez, señoría, el Nobel está en sus manos. Olvídese del aburrido galardón oficial del aburrido Estocolmo, y fíjese en ese otro llamado Ig Nobel, que yo considero mucho más apropiado a su figura y su obra y al que desde ya propongo su egregia candidatura. Porque lo que ha hecho usted en esta magna operación jurídico-político-mediático-electoral para encarcelar a todo el que tenga pinta de batasuno -ahora que el palabro está en el María Moliner- es digno de premio, sí señor. Ha salvado, señoría, al mundo. Así se lo digo. Por eso le propongo para los próximos Ig Nobel -usted, señoría, que es muy culto, sabe que en inglés forma un juego de palabras, como si aquí dijéramos In Noble-, que premian las investigaciones científicas más disparatadas, inútiles o sorprendentes. Eso sí, estos estudios tienen que ser absolutamente serios, producto de investigaciones rigurosas. Este año, los premios correspondieron a un laboratorio que analizó la fabricación de una bomba gay para provocar la homosexualidad en las filas del enemigo y minar su moral, otro al descubrimiento de que los hamsters se recuperan mejor del jet-lag si toman viagra, otro al análisis de los efectos secundarios de introducirse espadas por la garganta, también a un método para extraer esencia de vainilla de los excrementos de vaca, a un estudio sobre cómo se arrugan las sábanas o, mejor, la demostración de que las ratas a veces no distinguen entre el japonés y el holandés cuando se hablan al revés... No me negará, señoría, que sus investigaciones no tienen un hueco en la historia de los Ig Nobel. Garzón, txapeldun. |
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