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Cualquier pasado casi nunca fue mejor, pero al parecer las agresiones hacia médicos, profesores e incluso alcaldes, antiguos tótems del respeto popular, aumentan sin dar respiro; no sólo las verbales, sino las físicas, que casi siempre llegan tras el calentón de aquellas. Se empieza insultando, se pasa a la descalificación personal y el enganchón está servido. Cualquiera que fuera mi postura ideológica ante la propuesta de referéndum del lehendakari Ibarretxe y ante su propio ideario político, jamás de los jamases me permitiría los epítetos y descalificaciones de algunos compañeros de cámara parlamentaria. El respeto personal, no al lehendakari sino al señor Ibarretxe, se ha esfumado. Para mí son irreproducibles porque no tengo inmunidad parlamentaria ni la misma bula de fiscal que el mundano Pedro J., y no se los dedicaría ni al mismísimo Aznar okupaPerejil y avasallador de infieles iraquíes, ni a los reales borbones, aunque en su día el monarca nos mostrara despreciativo el dedo enhiesto. En todo caso, la anécdota ya ha mucho dejó de serlo. Ni fina ironía, ni doble sutil lenguaje ni nada que se le parezca: el vilipendio o el insulto procaz directo es lo que pone a sus señorías, muy especialmente si van dirigidos a nacionalistas de la periferia... de Madrid, se entiende. No obstante, no iría a más el palabreo zafio y de muladar del aquí hay tomate de sus señorías, si no saliera en los medios y diera origen a modelos de comportamiento. Porque de política decimos pasar todos, pero copiar ya les copiamos aunque sólo sea lo malo, que no sé si es poco. Así las cosas, hace unos días han aprobado la normativa para defender a los médicos de los insultos y agresiones in crescendo; y las denuncias de profesores por las amenazas y hasta agresiones son noticia más y más frecuente en los medios. Igual de inadmisibles son las que reciben algunos alcaldes, aunque sean de dudosa representatividad democrática. Esta pérdida de respeto suma y sigue también en otras otrora respetables profesiones. Existe el poder coercitivo en forma de cárceles repletas, pero quizá estemos perdiendo la baza de la auctoritas en favor de la potestas por la vía de la pérdida del respeto. ¡Claro que con el ejemplo que dan sus señorías...! nlauzirika@deia.com |