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Juntos podemos
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Teresa Infante
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tal día como hoy, hace 20 años, el 17 de octubre de 1987, más de cien mil personas, siguiendo la iniciativa del Movimiento Internacional Cuarto Mundo, se reunieron en París, en el Trocadero, en el mismo lugar donde en 1948 se había firmado la Declaración Universal de los Derechos Humanos, para manifestarse contra la pobreza, la violencia y el hambre. Desde entonces, este movimiento fue ampliándose y extendiéndose por todo el mundo y en 1992 la Asamblea General de las Naciones Unidas declaró el 17 de octubre Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza e invitó a los estados miembros, a otras organizaciones intergubernamentales y a las ONG a presentar y promover acciones contra la pobreza extrema y la indigencia, y a sensibilizar a la opinión pública sobre la necesidad de su eliminación.
En el año 2000, los jefes de estado y de gobierno, reunidos en la Cumbre del Milenio, propusieron fechas y metas concretas, en los Objetivos de Desarrollo del Milenio, comprometiéndose a reducir a la mitad la pobreza extrema para el año 2015, definiendo la pobreza en un dólar por día.
Los datos que, al respecto, presenta el último informe de seguimiento de los Objetivos de Desarrollo del Milenio, que analiza los logros conseguidos y los que quedan por conseguir, señalan que la consecución de estas metas es todavía posible en la mayor parte del mundo. Particularmente se han dado avances significativos en el objetivo de reducir a la mitad la pobreza extrema, ya que las tasas de pobreza globales están disminuyendo, sobre todo, en Asia, cuyos índices han pasado de un 27,9% al 21,3%. Igualmente se confirman datos positivos en relación a las metas de educación, lucha contra el hambre o mortalidad infantil, con cifras que confirman con seguridad que, por primera vez en la historia, el número de muertes anuales de menores de 5 años ha bajado de diez millones, lo que supone un descenso de casi un cuarto desde 1990.
Sin embargo, esta situación esperanzadora no llega a todos y hay zonas del planeta en las que los pobres son cada vez más pobres. De nuevo las cifras son suficientemente explícitas y abrumadoras en África subsahariana, en donde, por el contrario, los porcentajes de personas que viven con menos de un dólar al día y que pasan hambre siguen manteniéndose muy elevados, cercanos al 50% de la población. Y también es en África subsahariana donde se localizan casi la mitad de las muertes infantiles (4,8 millones) que se producen en el mundo, casi siempre por causas fácilmente prevenibles. Estos y otros datos, aun siendo una herramienta muy importante y absolutamente necesaria para destacar el progreso realizado, el que queda por realizar y demostrar que existen soluciones eficaces que obtienen resultados, muestran únicamente un aspecto limitado del reto al que nos enfrentamos: erradicar la pobreza.
En Unicef pensamos que la pobreza, además de ser una cuestión de falta de ingresos o de privaciones materiales, se manifiesta también por la exclusión social, la discriminación de género, la mala salud, la falta de educación y de capacidades, por el mantenimiento de instituciones débiles o respuestas gubernamentales inadecuadas, y por ello entendemos que la pobreza es una cuestión de Derechos Humanos, que precisa soluciones basadas en los derechos humanos que deben ser abordadas desde la igualdad para todos los seres humanos.
Particularmente entendemos que, para romper el llamado círculo de la pobreza, es preciso satisfacer y promover los derechos de la infancia desde el inicio de la vida y especialmente en los primeros años, invirtiendo en salud, nutrición, educación, protección y apoyando a las madres para que puedan atender a sus hijos sin dejar de participar en su comunidad, minimizando las desventajas iniciales, de forma que los resultados se optimicen en el futuro. A nadie se le escapa que la inversión en la infancia tiene un efecto multiplicador que va más allá de la inversión realizada y es indispensable para el desarrollo económico y social.
Para ello, además de recursos adicionales, imprescindibles, es necesario un compromiso firme de los gobiernos a la hora de mejorar sus políticas en la asignación de los recursos, porque las primeras víctimas de la pobreza, entendida en sentido amplio, y las más vulnerables son los niños y las niñas. Vivir en un entorno de falta de oportunidades les impide alcanzar su pleno desarrollo -mental, físico y emocional- lo que a su vez contribuye a potenciar el círculo de la pobreza y, en consecuencia, esos mismos niños formarán parte de una nueva generación de pobres.
La pobreza no tiene por que ser inevitable: disponemos de los recursos, los medios y del consenso necesarios y además hemos tenido éxito cuando se han realizado esfuerzos coordinados. Por ello, deseo terminar con el lema del día que hoy conmemoramos Juntos contra la Pobreza, añadiendo que juntos podemos.
* Es presidenta de Unicef-Comité País Vasco |
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