Anteayer renové el pasaporte en la comisaría de Indautxu, y conocí la esencia de la paciencia en mis propias mollas. El "vuelva usted mañana" de Larra, el escritor, ha desembocado en el "aguarde usted cinco horas" de otro Larra, este juntaletras. Un agente me informó la víspera de que "lo del pasaporte son quince minutos", de modo que a las nueve en punto me presenté en ayunas presto a forrarme luego en el cercano Café Alambique, donde hay tortilla y mozas guapas. Y ya ven en qué derivó el plan donjuanesco y gastronómico: salí de comisaría a las dos de la tarde con más hambre que un perroflauta. Y solo solito.
Y pensé: quién me ha puesto la pierna encima para que no levante cabeza, quién. Y también pensé en Arnold Schwarzenegger y en el remedio que aplica cuando sus hijos dejan la ropa interior desordenada: quemarla. Pero como rechazo todo método incendiario, incluso el de desinfectar gayumbos en California, lo tercero que pensé fue algo más gris y eficaz: a Roberto Robaina, ex ministro cubano, lo defenestraron enviándolo a la empresa del Metro de La Habana, ciudad carente de línea subterránea.
Algo similar merece el culpable del caos burocrático y hasta doméstico de Indautxu, pues mi vecina de cola tenía puesta la olla y sus alubias de Gernika se hicieron conguitos de oveja lacha. Y el responsable no es el heroico funcionario de la comisaría, que bastante aguanta. Dado que la ventanilla de atención al público sólo conserva de eso el nombre, el currela ni siquiera dispone del cristal para evitar el riego saliveño de la ira popular. Cinco horas, sí, cinco horas sin Mario a la espera de mi turno. Y conmigo cientos de sufridos contribuyentes. Falla el sistema, apuntó el madero de la puerta. Así que ojalá ese sistema, que tendrá cargo y apellidos, sea ascendido a farero en Villasequilla, allá por la costa toledana. |