nO se pasa tan mal, no cuesta y para alguien significa mucho. Saray, que dona siempre que el autobús recala en la Escuela Universitaria de La Casilla, donde estudia, resume así la filosofía de las donaciones de sangre antes de recostarse en la camilla de la unidad móvil estacionada en la plaza Circular de Bilbao. Estaba dando una vuelta con una amiga y no ha dudado en entrar al autobús. Pero después de convencerla para que siguiera su ejemplo, no puede hacerlo "por haber realizado deporte hace poco". "Se nota en la actividad física, hasta que no pasan dos días no estás recuperado del todo", conviene Pedro, otro usuario habitual que da buena cuenta de un bocadillo tras haber pasado por las manos de las enfermeras.
A pocos metros, el doctor Cobo recibe a los que llegan al vehículo y les entrevista para determinar en primer lugar "si tienen claro que van a dar sangre". "Muchos -prosigue- piensan que por acercarse ya están obligados, y eso les coarta". Por eso, incide en que "se animen aunque sea a pedir información". Si van con las ideas claras, los primeros donantes rellenan un exhaustivo cuestionario sobre su salud y hábitos de conducta por ejemplo en relaciones sexuales o consumo de drogas que, "aunque son temas delicados, resultan de vital importancia".
Los datos pasan a engrosar un registro, ya que en posteriores ocasiones y convertidos en donantes habituales, la hoja de preguntas se limita a reflejar "posibles cambios de importancia" que se introducirían en el sistema informático. Pero antes de empezar el protocolo los potenciales donantes deben "presentar el DNI", según recuerda el doctor, además de cumplir otros requisitos como pesar más de 50 kilos y tener entre 18 y 65 años".
Una vez verificado que todo está en orden queda esperar, como hace Saray, ya tendida en la camilla y rodeada de una inusual expectación: las enfermeras, Ana y Arantxa y Fernando, el conductor del autobús (que también se ocupa de dirigir a los pacientes o que no les falte comida ni agua).
Soporta estoicamente el pinchazo y abre y cierra el puño a buen ritmo, tanto que Ana y Arantxa le recomiendan que se lo tome "con calma, que tampoco es cuestión de matarse donando". En menos de diez minutos se llenan las bolsas con los 450 centímetros cúbicos extraídos, una cantidad "fija a pesar de las diferencias de peso de los pacientes".
Las cifras de donaciones en Bizkaia se sitúan "por encima de la media estatal", apunta el doctor Cobo, sin embargo, "hay un hueco en la franja de edad comprendida entre los 18 y los 28 años" que puede ocasionar problemas "cuando los mayores dejen de dar sangre al sobrepasar los 65 años permitidos". A eso hay que añadir la caducidad de la sangre que vuelve imprescindible la renovación del banco. En el laboratorio las muestras se separan en "glóbulos rojos, plaquetas y plasma, que resisten en buenas condiciones dos meses, una semana y un año respectivamente".
De ahí el papel crucial de las campañas informativas que se encargan de recordar una y otra vez la utilidad de las donaciones. Por una parte, las acciones específicas, que se ponen en marcha en épocas del año especialmente delicadas para las reservas de sangre, tales como "Navidad, Semana Santa y verano con los accidentes de tráfico que implican cirugías de urgencia", y por otra los tres autobuses, que recorren los pueblos de Bizkaia sin descanso durante todo el año.
Es allí donde su mensaje cala más en profundidad. En los núcleos pequeños "las cuatro camillas siempre están ocupadas y las personas no dejan de entrar y salir". Esta circunstancia propicia que se establezca una comunicación más estrecha con los pacientes, "a quienes ya conocemos". El donante clásico, en cambio, responde al perfil de "persona anónima, que no quiere que se sepa lo que hace". |