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Mesa de redacción
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Educación
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Juan Carlos Ibarra
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HAY personas con una muy buena educación que, sin embargo, son unas perfectas maleducadas. Personas que se encuentran en la cúspide del sistema académico del país, en universidades punteras, y generando un elevado gasto, pero que cuando dejan el aula se comportan como cualquier gamberro de los bajos fondos. Jueves a medianoche en una zona lo suficientemente apartada de Bilbao como para que los municipales no puedan ejercer su control del prohibido botellón. Una veintena de jóvenes ocupa unas escaleras en las que se desparraman, además de ellos, las cajas de pizza, los tetra-brick de zumo y vino, las botellas de vodka, los vasos y las botellas de plástico... y una música que sale de un teléfono móvil puesto a todo volumen (es difícil imaginar que tan diminuto aparato pueda dar aún más de sí). Todos los indicios apuntan a su condición de universitarios: es jueves por la noche, cita habitual para la despedida (¡una cada siete días!) de aquellos que se van a pasar el fin de semana a casa de sus padres; rondan los veinte años; son las 12 de la noche y se ve que aquello no ha hecho más que empezar (demasiado tarde para otros estudiantes más jóvenes y demasiada locura para quienes están trabajando: ¡A ver quién se levanta a la mañana con la melopea que llevan en proyecto!). Hasta ahí, ninguna objeción, más allá de la posible crítica a cómo emplean el tiempo de ocio o a qué basura son capaces de meterse en el corpore sano de la supuesta mens sana. Lo que les sitúa en una contradicción absoluta con lo que se le supone a un universitario es el espectáculo de la mañana siguiente en el lugar. Basura y más basura hasta casi impedir el paso. Oficialmente, están recibiendo una buena educación, pero, en realidad, sólo están adquiriendo conocimientos.
jcibarra@deia.com |
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