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24-10-2007
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Polonia, elecciones y transiciones
Robert Scarcia
la derrota de los conservadores del partido Ley y Justicia del primer ministro Jaroslav Kaczynski (gemelo de Lech, el presidente de Polonia) en las elecciones polacas del domingo 21 de octubre constituyen, al parecer, una buena noticia para Europa. Con la victoria de Donald Tusk, dirigente del partido liberal polaco Plataforma Cívica, se cierra un ciclo en el que Polonia parecía haber tomado gusto en obstaculizar las iniciativas de la Unión Europea como por ejemplo el del tratado europeo de Lisboa.

De paso, cabe esperar que los veteranos polacos de las brigadas internacionales que pusieron su vida al servicio de la legalidad republicana española y la legitimidad democrática que salió de las urnas del febrero de 1936 en el Estado español puedan finalmente recuperar un poco de paz y serenidad en los días que les quedan en esta tierra. Cabe recordar que estos veteranos de la guerra de España cobraban un sueldo de antiguos combatientes por parte del Estado polaco, y que uno de los gestos más mezquinos del gobierno conservador de Kaczynski fue el quitarles el sueldo.

Pero si se quiere hablar seriamente de Europa, los europeos tendrían que analizar sin complejos ni complacencia lo que pasa políticamente en los distintos países del continente. En este sentido, las elecciones polacas podrían ser una ocasión para reflexionar sobre la transición a la democracia en Polonia. Y es que los efectos de los acontecimientos históricos importantes, como lo son las transiciones a la democracia, no se analizan en unos pocos años sino en décadas. El tiempo matiza procesos políticos que a primera vista parecían éxitos rotundos o al contrario fracasos contundentes. No sólo en Polonia...

Durante mucho tiempo, por cuestiones de rectitud política o de simple reflejo anti-comunista de la época de la guerra fría, se hizo un mito de la transición democrática en Polonia, país importante para Europa por ser demográfica y territorialmente el más grande de los nuevos socios de la Unión Europea, y país que estuvo a la vanguardia de las transformaciones políticas de Europa del este.

El nacional-catolicismo con tintes antisemitas representado por los gemelos Kaczynski durante los dos últimos años es el precio de la transición democrática en Polonia. Y es que la transición polaca fue administrada por élites políticas. Por un lado, los elementos más oportunistas (y realistas) de la antigua nomenclatura comunista, y por el otro, los dirigentes sindicales y religiosos anticomunistas adoptaron de común acuerdo una estrategia de desmovilización política de la sociedad para favorecer el desarrollo de la economía de mercado, sin preocuparse del arraigo de una cultura democrática sólida. Los efectos sociales fueron traumáticos, baste pensar que en los últimos años del siglo XX, el perfil típico de la persona que se suicidaba en Polonia no era el de un adolescente en crisis existencial, sino el de un hombre cuarentón maduro y casado que trabajaba en fábricas o granjas que pertenecieron al Estado. Al mismo tiempo, los segmentos sociales con más recursos y contactos sociales lograron reciclarse en la nueva Polonia.

El conservadurismo de los gemelos Kaczynski supo aprovecharse de la rabia y del desencanto de los polacos que perdieron la transición y vertebrar políticamente una protesta populista anti-sistema. De ahí viene el antieuropeísmo de los seguidores del conservadurismo polaco. Una postura en contra de una Europa percibida como el elemento vertebrador de un sistema neoliberal injusto. Es importante subrayar que, a pesar de la derrota, los conservadores de Ley y Justicia siguen teniendo apoyos profundamente arraigados. Sería además un error de olvidar el carácter antielitista del nacional-catolicismo polaco. Es indicativo que Lech Walesa, antiguo presidente de Polonia, se haya expresado con profundo desprecio cara a los perdedores de las elecciones: "Habría que tomar precauciones para que Polonia no vuelva a hacer el ridículo", dijo el líder histórico del sindicato Solidaridad. No nos equivoquemos, los ridículos de Walesa, antiguo cacique sindical y padre de la Polonia democrática (apadrinado por el papa Wojtyla), son los que perdieron la transición a la democracia en Polonia.

Polonia permite poner en la mesa la importante problemática de las transiciones democráticas (al plural). Los europeos interesados en el éxito de la Unión Europea en el largo plazo, deberían reflexionar en las razones de los derrotados.
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