Nicholson es la voz más crítica del campo vasco en contra de las grandes corporaciones y de las políticas públicas agrarias, a las que acusa de desmantelar el modelo de baserri familiar. A su juicio, la subida de los precios pone de relieve que el mercado "está en manos de especuladores" bilbao.El dirigente de EHNE participó ayer en unas jornadas contra la "globalización neoliberal" organizadas por la Fundación Paz y Solidaridad de CC.OO. Este escocés de nacimiento pero vasco de adopción reclama más control gubernamental para garantizar la cadena de alimentación y evitar abusos.
¿De qué salud goza el campo vasco?
Se está notando la crisis que sufre la agricultura familiar en todo el mundo. Se calcula que en la Unión Europea desaparece un caserío cada minuto. En Euskal Herria quizás sea uno cada minuto y medio. La globalización neoliberal establece precios bajos en origen y todas las políticas apoyan a la explotación industrial, no a un modelo familiar como nuestro baserri.
¿A qué responde la fuerte subida que están experimentando los productos agrarios básicos?
Hay un proceso de la desregularización de las producciones, y eso induce claramente a la especulación. Hay menos alimentos en el mercado. Las reservas nacionales alimentarias son inexistentes, está habiendo sequías en el Hemisferio Sur y todo eso coincide con la competencia del uso de los cereales para agrocombustibles. La combinación de esos factores hace que los precios suban, pero mucho menos en origen que en destino. La brecha entre lo que cobra un baserritarra y lo que pagamos los consumidores crece cada día.
El aumento de la demanda y del precio del cereal para producir biocombustible, ¿perjudica o favorece al agricultor?
Perjudica a todo el mundo. El aumento masivo del territorio que se usa para los agrocombustibles es una amenaza a la alimentación, porque supone poner un modelo de producción en manos de las multinacionales. Los agrocarburantes no van a resolver el problema de los cerealistas ni el de los productores de remolacha y azúcar, y son una amenaza para la sociedad. Quieren resolver los problemas energéticos, pero no el cambio climático.
Algunos colectivos dudan de la relación entre el desarrollo de los biocombustibles y la escalada del cereal. La federación de cooperativas vascas, por ejemplo, la achaca a la fuerte demanda en la UE, China e India.
Es un mercado especulativo. La pérdida de las reservas alimentarias a nivel nacional hace que cualquier pequeño cambio afecte a la oferta y a la demanda. Posiblemente, los biocombustibles hayan afectado un poco. No todo, pero un poco sí. El primer aviso se dio en México.
¿A qué se refiere?
Cuando el 40% de la producción de maíz de Estados Unidos se emplea de repente para agrocombustible, afectó a la exportación a México y provocó un aumento importante del precio del maíz y las tortas, que son un alimento básico en el país.
Al agotarse las reservas, ¿corremos el riesgo de sufrir una crisis de abastecimiento?
Ya hay una crisis de abastecimiento. 856 millones de personas en todo el mundo. La FAO [la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación] y todos los institutos están diciendo que el hambre sigue aumentando, cuando parecía que iba a empezar a reducirse. Si de lo que estamos hablando es de una crisis aquí, la cuestión se resume en cuánto está Europa dispuesta a pagar.
¿Existe alguna forma de limitar el margen de especulación de los intermediarios?
Primero hace falta una política pública, que haya reservas alimentarias nacionales y que puedan regular los mercados. En el momento en el que privatizamos el mercado, lo dejamos en manos de las grandes corporaciones de importación y exportación, que son seis a nivel mundial. Hay que regular los precios para que se correspondan con el coste de producción del agricultor y controlarlos también a nivel de mayoristas y minoristas.
Algunos derivados lácteos, que no guardan relación con la producción de carburantes, ha subido un 150% en algunos países de la UE. ¿También es fruto de la especulación?
En cuanto al precio de origen, en algunos países ha subido hasta un hasta un 40% ó un 50% por los mayores costes de producción. El gasóleo ha subido y eso afecta al transporte y a los fertilizantes. En Euskal Herria, el litro de leche en origen puede rondar los 44 céntimos y como consumidores estamos pagando un euro o 1,10 euros. Es decir, hay un 250% de diferencia entre el origen y el destino. Nosotros culpamos directamente a las grandes cadenas, que ejercen un control del precio tanto en origen como en destino de forma totalmente monopolística.
Por primera vez en mucho tiempo, el consumidor se está viendo afectado en su bolsillo por la especulación en los productos básicos, ¿Puede ese clima de alarma social ayudar al agricultor?
No necesariamente. Los intereses del baserritarra y el del consumidor son muy similares. No se puede dejar al mercado a su libre albedrío, porque de esta forma, ni el mercado alimenta ni la gran distribución produce los alimentos que son necesarios. Este aumento del precio es una ayuda a corto plazo, pero no hay que olvidar que los costos de producción están aumentando aún más que la proporción del aumento en origen.
La política de ayudas para evitar el éxodo agrario, ¿son efectivas con este panorama de baja rentabilidad?
No creo que cambien mucho las cosas. Es muy loable el objetivo de mantener una agricultura familiar, pero si no se cambian las políticas, no se pueden cambiar las consecuencias.