Arrodillado, con las manos reposadas sobre los muslos y la cabeza gacha, casi se diría que en estado de reflexión, la imagen envuelta en una luz tenue con la que se da rienda suelta al musical Arrupe, mi silencio es la de un hombre manso. Nada más lejos de la realidad. En el centenario del nacimiento de quien fuera Prepósito General de la Compañía de Jesús, Pedro Arrupe, el músico Gontzal Mendibil ha creado una obra vanguardista que recoge toda la fortaleza, toda la lucha librada por un hombre grande contra las fuerzas del mal, las mismas que conoció de primera mano cuando el terror sobrevoló los cielos y tierras de Hirosima, calcinándolos ante sus ojos.
La voz de Arrupe puede escucharse aún en la Congregación General Nº 32, un hito histórico en en la historia de los jesuitas, sobre todo por la proclamación de que la fe en Dios ha de ir unida a la lucha infatigable para abolir todas las injusticias que pesan sobre la humanidad. Sobre esos renglones torcidos de la injusticia, Arrupe escribió una vida intensa, brava como el Cantábrico que le vio nacer. Gontzal ha escrito y ensamblado música para un hombre indómito. Todo ese poder moral que emanan los hombres de bien quedó plasmado en una obra maestra en la que la Ludvig Symphony Orchestra, el Orfeón Donostiarra, el coro del conservatorio de la Sociedad Coral de Bilbao, Oreka Tx Txalaparta, Pascual Molongua en el papel de Louis Amstrong y más de 90 actores y figurantes pusieron toda el alma. "Se percibe que son portadores de un mensaje contra la injusticia", dijo Ignacio Arregi, el hombre que ha estado veinte años al frente de Radio Vaticano, a la hora del pasen y vean.
El corazón de Pedro Arrupe era un campo de refugiados, un lugar al que acudir cuando la esperanza estaba perdida. Fundó el Servicio Jesuita a los Refugiados y dio al hombre en fuga un lugar en el que detenerse. De todo eso habla una pieza que ayer cautivó a los presentes, desde Peter-Hans Kolvenbach, actual General de los jesuitas, al lehendakari Juan José Ibarretxe, pasando por el rector de la Universidad de Deusto, Jaime Oraá, Juan Miguel Arregui, el obispo auxiliar de Bilbao, Karmelo Etxenagusia, Cecilio Gerrikabeitia, Jon Ortuzar, quien confesaba que jamás una obra había desatado tanta expectación en la historia del Palacio Euskalduna, Patxi Álvarez, Vicente Marcuello, Peio Azpitarte, Ángel Pérez, Gómez, Juan Carlos Irigoien, los consejeros Miren Azkarate, Gabriel Inclán y Tontxu Campos, la diputada de Cultura, Belén Greaves, Carlos Picornell, Arantza Arriola y una larga estela de corazones sobrecogidos.
El patio de butacas, ya digo, era puro escalofrío. A lomos de ese carrusel de emociones se subieron Mari Carmen Martínez, Ramón Muro, Luis Ramón Arrieta, Manfred Nolte, Ignacio Elorza, Iñigo Urkullu, Inmaculada Gallastegi, Begoña Ruiz de Erentxun, mujer de gran inquietud cultural, Santiago Iriarte, Jon Emaldi, Eva Pereira, Josu Sagastagotia, José Ramón Muguruza, Joseba Verdes, Elvira Urkijo y Virgina Feijoó, compañera de José Luis Canal, el hombre que ha zurcido los arreglos musicales de la obra durante casi medio año, el sociólogo Javier Elzo, Celina Pereda, María del Río, Javier Eguiluz, Ignacio Aldekoa, Javier Agirre, Garbiñe Orueta, Gonzalo Merodio, Miguel Ángel San Martín, Juan José Iriondo, Idoia Salaberria, Miren Zulaika, Ander Alonso y así hasta cubrir por completo el aforo que comenzó a vibrar con los primeros compases del Izan nahi nuke compuesto por el propio Gontzal y José Ángel Irigaray y no cesó hasta que la Marcha de San Ignacio puso el broche de despedida a un espectáculo mayúsculo, irrepetible, digno de la talla del hombre que le dio la inspiración, de un luchador a campo abierto que se dejó la vida a jirones por los más desfavorecidos.
La expectación levantada superó a la de cualquier otro espectáculo celebrado en el Euskalduna
El musical fue grabado en directo para la emisión de dos CD y un DVD que inmortalizan el evento |