EXPOSICIONES, charlas, oficios litúrgicos y hasta un musical con todo su despliegue, han servido para conmemorar el centenario del nacimiento del padre Arrupe, el que fue General de la Compañía de Jesús. Pero quizá, el acontecimiento más significativo ha sido la presencia en Bilbao de Peter Hans Kolvenbach, su sucesor. Dos hombres y dos almas abrazadas en recuerdo del jesuita bilbaino.
Ayer los actos giraron en torno a una eucaristía ofrecida por el Obispo de la diócesis, la inauguración de una exposición sobre este jesuita en Arrupe Etxea y la representación en el Euskalduna del musical dirigido por Gontzal Mendibil, Arrupe, mi silencio. Kolvenbach asistió a todos y cada uno de los actos, consciente de la relevancia del que fue su predecesor, con el que tiene importantes puntos en común. Muestra de ellos la encontramos hace ya años, cuando Kolvenbach era rector de la Universidad católica de San José, en Beirut. Pedro Arrupe, entonces General de la Compañía de Jesús, llegó a la ciudad y ambos fueron a visitar la capital del Líbano, arrasada por las bombas. Los ataques, los bombardeos, dieron como oscuro fruto la imagen de unas ruinas tristes. Ante esta desolación, Kolvenbach le dijo a Arrupe: "Mire, ¡cuánta ruina y cuánto destrozo! Pero siempre vuelven los pájaros a los árboles para cantar". Al Padre Arrupe ese panorama no le resultaba desconocido. Él ya había vivido de primera mano la bomba de Hiroshima. Así que, le contestó: "Yo también creo que la muerte no tiene la última palabra. La vida renace siempre".
El jesuita Ignacio Arregui, responsable de la oficina de prensa de los Jesuitas de la Provincia de Loyola ha estado al frente de los actos de este centenario, y destaca que es precisamente "una gran y profunda esperanza en la humanidad y en que todo puede ir mejor" lo que une a estos dos hombres a pesar de que ambos han vivido situaciones muy dramáticas. Arregui define a Kolvenbach como "un hombre de un gran sentido del humor, muy alegre y un contertulio fantástico". "Huye de los medios de comunicación y ha llevado su cargo con discreción prudencia y sabiduría", añade el jesuita. Y es que a Kolvenbach le tocó afrontar el gobierno de la Compañía en un momento crítico, ya que tras el cese de Arrupe, el Papa Juan Pablo II intervino nombrando por su cuenta a los superiores de los jesuitas en lugar de permitirles elegirlo. "Este período demuestra la desconfianza del Papa con respecto a los jesuitas", explica Arregui. Esta situación se alargó dos años hasta que finalmente, en 1983 Kolvenbach fue nombrado por los jesuitas como su Prepósito General.
Ahora, Kolvenbach deja su cargo. "Considera que a una persona en un cargo tan importante le llega un momento en el que debe renunciar, pensando en que tal vez sus facultades empiezan a debilitarse", concluye Arregui. |