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La real palabra del Rey
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Carmen Torres Ripa
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pues ya ven, los duques de Lugo se separan. Igual que cualquier matrimonio mal avenido, sea hijo de rey o de barbero. Ahora las revistas del corazón se emocionarán y pasará a segundo término el gran tema de la actualidad: su padre. A pesar de ser impulsiva, he esperado que todos los comentaristas y sesudos gurús de la opinión se explayaran en la actuación del Rey y en la prudencia del presidente.
Pero ya ven, yo -que no domino el arte de la diplomacia- no estoy de acuerdo con ese río de palabras que no sé adónde va pero que se multiplica por mil afluentes descontrolados. Pocos parecen dispuestos a aceptar llanamente que Juan Carlos I se ganó a un montón de no monárquicos en diez segundos y el señor Zapatero, en veinte segundos más, dejó sin habla al mismísimo señor Aznar. Lo siento por los expertos. Soy una mujer de a pie y me emocioné.
Una imagen vale más que mil palabras. ¡Dios mío, qué imagen! ¡Qué gozada! ¡Qué poder, Señor! ¡Qué Rey! Quién me iba a decir que algún día escribiría esto. Pero qué regio estuvo el Rey. Desde mi butaca de la sala de estar me puse a aplaudir feliz, henchida de satisfacción.
Hacía tanto tiempo que no me sentía igual… La política, la televisión, la radio y hasta tener cada día un periódico en las manos empezaba -más bien seguía- un camino de aburrimiento por las continuas tristezas y los sobresaltos cada vez más brutales. Ya no faltaba -eso creíamos- nada por ver en directo. Quitando la sorpresa sentimental del día -con el portal vacío de la casa de la infanta Elena en el barrio de Salamanca- a rebosar de fotógrafos; ya nos parecía normal ver a un asesino que anuncia la muerte de sus compañeros de instituto por televisión y se suicida tan tranquilo después; un presidente que vive su propia cruzada y se va como Indiana Jones en busca de la tripulación perdida; un partido político que hace de la mentira su forma de ser y encima cuestiona la justicia; un mandatario de la Iglesia que canoniza a sus santos particulares ladeando a los de los demás; la infanta que va al cole y la mamá que sonríe sin ganas -pobrecilla, ¡qué suplicio ser doña Letizia!- y así todos los días.
Y de pronto, el suegro de esta princesa triste, el Rey, manda todo el protocolo a paseo y dice lo que realmente le da la gana porque es rey. Porque es un hombre normal y porque ya no puede aguantar tanta palabrería, tanto insulto y tanta demagogia. Y, para completar la mejor escena que hemos vivido en directo en este año 2007, el presidente, con todo el respeto del mundo, sacando la cara al nuevo ye-yé español, el señor Aznar. De locos.
Y yo, tan ingenua -siempre la ingenuidad ha sido mi patrimonio- pensaba que los militantes que tienen de símbolo a mis queridas gaviotas se iban a emocionar y les iban a dar las gracias al señor Zapatero. Pero no, señores. No. Sigue mandando en la oposición la insensatez de estos señores que han dicho que la culpa de todo lo que pasa, como siempre, la tiene el Gobierno. De locos.
Estamos locos. Hace unos días decíamos: "No ha sido ETA". Y muchos -muchos, yo también- sonreíamos felices. ¡Qué se creían! Y, como habitantes de esta tierra, nos sentimos tranquilos y justificados.
Fueron los fundamentalistas islámicos. A cada cual su justicia. Pero pienso que una parte de los habitantes de este país, con buena voluntad -excesiva buena voluntad- estamos con un ligero -o quizás terrible- Síndrome de Estocolmo que nos trastoca la realidad. El 11-M parece un castigo al antiguo gobierno por mentir. Un castigo que le salió muy caro. La justicia ha demostrado con datos el engaño. Pero eso no tiene que alegrarnos, porque para algunos parece que esta sentencia implica la bondad de una banda de asesinos que no tiene ideales ni objetivos positivos. Una banda que sigue como empezó -que se lo digan al ertzaina que ha perdidos cuatro dedos- extorsionando, secuestrando, matando y asustando a los empresarios, a los transeúntes, a los obreros de un proyecto de tren (el último objetivo son las obras del AVE) y a los viajeros de un tren ya terminado. Una banda que arranca piernas, brazos, manos y dedos a jóvenes inocentes y aterroriza a los que van a trabajar en autobús, y a sencillos ciudadanos que intentan sacar veinte euros de un cajero y lo encuentran inutilizado con silicona. ¿Por qué tenemos que soportar este eterno martirio, aceptando con impotencia la cotidiana violencia? Estamos cansados de las victimas y de los asesinos porque ya no sabemos qué decir a la víctimas y cómo justificar la injustificable conducta de los asesinos.
Estoy leyendo un libro de esos que resultan tópicos pero que por unos minutos te permiten soñar con las palabras que lees. Dicen esos autores bienintencionados que podemos conseguir todo lo que deseemos si lo deseamos muy fuerte. Creo que nuestro deseo de que termine definitivamente ETA aún no debe ser muy alto. Hay que gritar en la profundidad de nuestra alma para que nuestras palabras se escuchen en las cunas de los recién nacidos y en las tumbas de la eternidad de todos los que han vivido lo que nosotros seguimos viviendo con tristeza. ¡Qué tenemos que hacer para que termine esta eterna condena de muerte sin culpabilidad! Las palabras van perdiendo fuerza, los ruegos ya no son brillantes. Estamos en otro noviembre con la tristeza del primer día del penúltimo mes del calendario. Flores para los que han muerto. Flores que se marchitan y terminan en un montón de basura sin recoger en el cementerio.
Parecemos plumeros al viento sin belleza, como esas plantas que crecen por todos los campos y se están comiendo el colorido de las carreteras. Ahora, todo lo que vemos desde el coche son plumeros desvaídos. Unos plumeros que se van tragando la vida de las amapolas, las margaritas y hasta las flores amarillas que de niños llamábamos meacamas. Los plumeros se comen la belleza, como la violencia la ilusión de encontrar el fin del camino. La violencia nos nubla los pensamientos y terminamos pensando que menos mal que no fue ETA la autora del 11-M. ¡Menos mal! No fueron los nuestros. Al fin, como siempre, fue Bin Laden.
Menos mal que el Rey nos ha puesto una nota de humor y el presidente del Gobierno unos gramos de cordura y sensatez, porque, en esta locura, nos estamos metiendo voluntariamente en un manicomio colectivo. Ninguno nos libramos de tomar la ración de píldoras diaria para que no nos dé un ataque epiléptico. Y ahora, la infanta Elena y sus líos amorosos. |
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