El rostro de Juan José Millás (Valencia, 1946) apenas le refleja. Su conversación, en cambio, lo delata como un escritor reflexivo y lúcido. Con 'El Mundo', su último trabajo, ha ganado el Premio Planeta 2007, una autobiografía novelada en la que nos remite a la infancia bilbao. Le encargaron, desde El País Semanal, una serie de reportajes. Tenía que escoger a varios personajes, convivir con ellos y contar la experiencia. Para el último de los trabajos, le sugirieron que se escogiera a sí mismo como protagonista.
Y así comenzó a analizarse...
Sí, y así surgió la frase 'Mi padre tenía un taller de aparatos de electromedicina'. Al pronunciarla se me apareció todo el escenario de la infancia y de la adolescencia. Fue como una alucinación. En ese mismo instante comprendí que lo que tenía no era materia de un reportaje sino de una novela que tenía que escribir.
Con ella ha descubierto mucho de usted al lector...
Efectivamente es muy íntima porque el protagonista es Juan José Millás. Hablar de la infancia tiene un plus de exposición y creo que esto se debe a que estoy hablando de unos años en donde se forman los cimientos de la subjetividad, del sujeto en que te vas a convertir. Normalmente pensamos que nosotros estamos hechos, pero esto no es cierto. La identidad es un trabajo que lleva toda una vida. Cuando los cimientos están mal uno necesita reconstruirse, volver a construir. Si no me gusto es porque algo pasó. Esta novela supone ir a los cimientos y moverlos, es mostrar la parte más interna de ese edificio que es la identidad.
¿Qué falló en sus cimientos?
Tuve una infancia marcada por varias pérdidas importantes reflejadas en esta novela que son, por otra parte, las que me han hecho escritor. Siempre se escribe desde la pérdida, siempre se escribe desde el conflicto. La persona que no tiene conflicto ni escribe ni lee. Si se lleva bien con su entorno no tiene necesidad de hacerlo.
¿Se han sentido identificadas las personas de su entorno?
No me he preocupado de eso. Además, los personajes están ficcionalizados. Normalmente el problema no viene por las personas que se ven representadas sino por las que no se ven, por las que se buscan y no se encuentran.
Usted, ¿se ha encontrado con este trabajo?
Sí, para mí ha sido una operación fantástica de llegar a acuerdos conmigo mismo.
¿Cuáles?
Yo creo que en la historia de cualquier persona hay nudos que están por deshacer y que están ahí haciendo daño. En esta novela se han disuelto muchos de esos.
En la novela, el Vitaminas le descubre a Millás un sótano, un lugar desde el que mirar la calle en la que viven...
Esa mirada que construye el niño es con la que yo sigo trabajando. El escritor tiene que saber colocarse en el punto de vista adecuado para obtener significados de la realidad, es lo que le hace especial. Las miradas cotidianas no nos producen significados. Te tienes que colocar en un punto de vista distinto.
¿Cómo ha evolucionado su mirada con el tiempo?
Se ha vuelto una mirada más ingenua. Yo creo que el escritor está obligado a cultivar la ingenuidad. En el momento en que estás de vuelta de todo las cosas no te sorprenden. Ya no puedes hablar de ellas, te parecen previsibles. Normalmente la gente, cuando sale a la calle, ve lo que espera ver. Recuerda el cuento del traje del emperador...
En el que el único que ve es el niño...
Ese niño es el escritor. Es verdad que, junto a la ingenuidad, el escritor debe cultivar una capacidad, la de articular las palabras. El escritor debe combinar los dos personajes incompatibles, el del ingenuo y el del listo. El ingenuo tiene la función de sorprenderse de lo que ve y el listo tiene la función de articular lo que el ingenuo dice.
En su novela establece un paralelismo entre el trabajo de su padre en el taller y la escritura...
Efectivamente, mi padre era un enamorado de las herramientas. Tan enamorado estaba de ellas que a veces pensaba que las herramientas le manejaban a él en lugar de él a las herramientas. Con la escritura pasa lo mismo. Podemos decir que con frecuencia, más que escribir, somos escritos.
¿Se ha escrito con 'El Mundo'?
Sí, sobre todo en el primer borrador. El material salía en tromba, como cuando se rompe un dique, era incontrolable. En la segunda reescritura de la novela fue cuando pude aplicar una razón, cuando pude mandar yo.
¿Sintió pudor al desvelarse?
Ese pudor ya me lo había quitado con mi primera novela, que tenía muchos materiales autobiográficos. Cuando se publicó, cuando yo veía que era irreversible tuve un momento de pánico tal que, si hubiera podido, habría echado marcha atrás. Luego se publicó, no pasó nada y ahí quedó todo. Con esta novela, no digo que algo de pudor no hubiera... de hecho, la tuve guardada en un cajón hasta que pude leerla como si fuera de otro para ver si realmente me gustaba. Yo suelo decir que tiendo a huir hacia adelante. Cuando una cosa me da miedo me abrazo a ella, no huyo.
Ha revivido su historia como una ficción...
En el fondo, esta novela procede de esa capacidad que he tenido siempre para desmembrarme y para observarme. Esa capacidad te hace ver las cosas como una ficción. La realidad es una construcción y en toda construcción hay mucho de ficción.
¿Qué es para usted un texto bello?
Un texto es bello cuando es eficaz.
'El Mundo', ¿ocupa un lugar especial en su obra?
Sí, por eso he querido que tuviese también una difusión especial.
¿Está viviendo un momento dulce?
Estoy viviendo algo extraordinario, fantástico, fuera de lo normal.