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Ilusiones de superioridad
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Patxi Lázaro
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en su libro De cómo los irlandeses salvaron la civilización, el ensayista Thomas Cahill pronostica que la civilización occidental está a punto de perecer, igual que el Imperio Romano en el siglo V, por el efecto de una muchedumbre de inmigrantes desesperados que traspasan las fronteras de la sociedad industrializada arrollándolo todo a su paso, mientras las instituciones y la economía se colapsan. Ciencia y tecnología no pueden salvarnos, ya que sólo transmiten una ilusión de superioridad. Pero si la ingeniería genética y los robots no son más que espejismos, ¿cuál fue, si es que la hubo, la causa de la supremacía del hombre blanco? Al parecer existen diversas formas de superioridad, unas buenas y otras malas. Quien se vuelve peligroso acaba tirando de los hilos: si por tu comportamiento incívico o tu habilidad para crear problemas supones una amenaza para el prójimo, todos bailarán al son que toques. La culpa la tiene la naturaleza humana, incurablemente estúpida y gregaria. Esta es también una de las razones por las que la violencia de ETA continúa siendo un problema político: el miedo a la inestabilidad.
El cóctel molotov no es la única senda hacia el poder. Existen otras maneras éticas de imponerse, a veces no intencionadas: el teósofo Krisnamurti sólo quería meditar en la playa, lo mismo que Isaac Newton cuando se comparaba a sí mismo, en sus años de vejez, con un niño jugando a la orilla del gran océano de lo desconocido. Pero unos domingueros, al verle recolectando conchas, pensaron que aquel hindú estrafalario podía ayudarles a combatir su angustia existencial, y cerraron filas en torno a él. El espectáculo de Krisnamurti huyendo a través de California, perseguido por una turba de paleo-hippies que va creciendo en número y se niega a apartarse de su improvisado mesías, nos recuerda a la película Forrest Gump. Algo después, y con la sola fuerza de un magnetismo moral irresistible, Gandhi consiguió la independencia de su país, sin tiros, salvo el que le dispararon a él, llegando a convertirse también en uno de los principales sex-symbols del siglo XX, según Carl Gustav Jung.
Se impone en vísperas navideñas una severa reflexión sobre el tema. La orgía consumista de estas fechas, aparte de un problema ético, es un fenómeno que delata carencias fundamentales en el hombre actual, empeñado en compensar con bienes materiales lo que echa de menos en otros ámbitos más elevados de la psique. La experiencia subjetiva de la superioridad hay que buscarla en pequeñas cosas, en las decisiones de compra acertadas, en la capacidad para mantener el equilibrio. Siéntese fijodalgo no el que paga mil euros por un kilo de angulas, sino quien los gasta en la totalidad de su compra navideña y aun le sobra para obsequiar a unos deudos que no siempre se lo merecen. No marca la pauta quien tiene un buen automóvil, sino el que madruga ahorrándose incidentes con la licuadora y una carrera de obstáculos en el transporte público. No es afortunado quien se compra el iPod de última generación con disco duro de 160 GB, si luego resulta que no tiene tiempo para usarlo.
¿Qué hacer para sentirnos pastores, y no estólida y mal pilotada grey? ¿Qué líder político nos ayudará a restaurar nuestra soberanía interior? ¿Ibarretxe, acaso? ¿El Sr. López? No es una hoja de ruta lo que necesita el ciudadano, sino autodisciplina. Que haga ejercicio, sea decente, escuche a los demás, ponga a prueba su inteligencia social, huya del materialismo, y si ahorra que lo haga no por temor sino por virtud. Todo esto, y no el cheque de la paga extra ni los triunfos electorales de su partido, es lo que le hará percibirse a sí mismo más alto en el escalafón de la humanidad, por méritos propios y sin una espada de Damocles que atribule su papel en el gran teatro del poder, donde el boato y la traición son siempre compañeros de cama. Con unas piernas fuertes que le sostengan y un excedente de calderilla en el bolsillo no le ha de preocupar tanto ese porvenir oscurecido por los nubarrones de la historia. Aun con los bárbaros ad portas. Aun cuando fuera cierto que el futuro de nuestro mundo no se está escribiendo en Wall Street ni en las cancillerías de Bruselas, sino en desiertos lejanos como aquellos sobre los que peroraba Aznar, en una remota selva centroamericana o en las apartadas colinas de Kenya. |
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