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Tierra a la vista
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El rey de Zabala
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Xabier Larrañaga
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Termina el año y con él la gira oficial -¿habrá prórroga?- de un paisano triunfador, Fito Cabrales, quien ayer volvió a petar en Madrid como peta allá donde pasea su arte y su gorra. A modo de resumen diré que siendo generosos ha vendido cerca de medio millón de ejemplares de su último disco y en la gira correspondiente ha asistido a sus conciertos casi un millón de fieles, y todos tras pagar su entrada, que gratis el genio sólo toca en casa. Si a tales cifras exitosas sumamos las copias piratas y el contrabando de la red, el orgasmo musical resultante es para aplaudir con los michelines.
Lo que más mola, sin embargo, es que Fito y su banda han logrado alzarse al podio sin rebajar un ápice su dignidad, perder los papeles en público ni peregrinar de plató en plató haciendo el congrio. Su cancionero se ha extendido de boca a boca y de oreja a oreja, lo cual tiene gran mérito en una época en que la promoción artística suele ser de ojo a ojo (y de nariz a nariz), pues incluye el deber de dárselas de gracioso en las televisiones. Contemplar al abuelo Miguel Ríos jugando a la play junto a Pablo Motos para vender una recopilación de sus viejas canciones provoca lástima. Y al enterarnos de que el rapero Antwan Big Boy Patton ha sucumbido al capricho imbécil de comprarse un acuario de tiburones para ambientar su salón nos acordamos del malogrado tigre de Jesulín y de paso se agiganta la bilbainísima normalidad de Fito.
Él ni siquiera ha caído en la tentación de potenciar un malditismo barato y amarillo, eso de recordar la Palanca como si fuera Tánger y elevar el peligro de las drogas a la categoría de pasatiempo progre y guay, tal como hacen tantos frívolos cantamañanas. Con una simple guitarra, una visera de Sombrerería Gorostiaga, un corazón vivo e infinito empeño ha conquistado el mundo. ¿Por qué no lo llevan de ejemplo a Lezama? |
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