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ANda el personal político o mediático muy loco por el asunto del himno español, cuya ausencia de letra era, por encima de la hipoteca y la salud, lo que de veras quitaba el sueño a la gente. Ahora los futbolistas de la selección ya podrán echarse un cantecito antes de perder en octavos y el jurado de Operación Patria contará con otra prueba para determinar quién pasa a la siguiente fase rojigualda. Ay de quien no eleve la voz más que Manolo el del Bombo, ay de quien no ponga el énfasis que pida la COPE al entonar eso de ¡Viva España y gloria a sus hijos! A mí la letra elegida no me molesta por su carácter nacionalista, pues en eso consiste cualquier himno, una suerte de onanismo épico -¡Paja o Muerte!- y pintura acrítica del ombligo. No obstante me asombra que entre los millones de españoles orgullosos de serlo no hayan encontrado un solo plumilla capaz de recordarnos algo más profundo que los valles verdes, el cielo azul y el inmenso mar, cualidades paisajísticas que como todo el mundo sabe son exclusivamente ibéricas. Para quedarnos en ese lugar común habría bastado con comprar a Enrique Iglesias su dadaísta estribillo, cumbre de la poesía contemporánea: "Lo que más me gusta de ti es lo mucho que me gustas". Se le antepone la palabra España y problema arreglado. Lo que chirría, y esto es serio, es el fogoso "¡Ama a la Patria!", con verbo imperativo y mayúscula imperial. Pues las leyes están para cumplirlas, pero los sentimientos son voluntarios. El ciudadano ha de respetar el semáforo, pero ningún gobernante puede imponernos el amor hacia ese hermano menor de la farola. Aunque uno se comprometa a dejar la basura en su sitio, nadie es quien para confundir ese deber cívico con la exigencia de adorar al contenedor. Y es que un himno cantado por obligación es como un polvo sin ganas. Y no mola ni en la Legión ni en San Mamés. |