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ripa |
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Un giro inesperado
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Iker Merodio
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la política está cambiando. Y ha dejado sin argumentos de réplica a todos los alquimistas acomodados que creían haber dado con la fórmula adecuada. Durante años, las estrategias se han basado en el lanzamiento de mensajes que siempre llegaban al votante. La única incertidumbre residía en el grado del impacto. Se sabía qué funcionaba y por qué, y lo que no debía hacerse, pues hasta los márgenes de error estaban calculados. Los candidatos a presidente de un Estado de hoy son los estrategas de ayer, hombres y mujeres formados durante las campañas, que conocen el método y lo reproducen de un modo peligrosamente natural. Sin riesgos, dudas, ni vergüenza para flirtear con el aburrimiento.
Hasta que, de pronto, los votantes reclaman la excepción y las encuestas empiezan a variar, como una suave brisa que empuja el momento de afirmar que, en los últimos años, ningún político ha ganado las elecciones. Que todos las han perdido, sólo que unos más que otros y por eso están en la oposición.
El único verdadero triunfador en las democracias de altas audiencias televisivas ha sido Nicolas Sarkozy. Es cierto que sus acciones están calculadas, pero la gran aportación del presidente de la República francesa es que no mira a la cámara que le graba. Si este descendiente de húngaros hubiera sido candidato en 1789 habría obtenido el mismo resultado arrollador, porque lo que hace agrada al votante, no al experto de plató.
Todo esto supone cambiar una metodología fuertemente asentada, como un gran bloque de piedra que parece imposible de mover, y que nadie ha intentado desplazar. El político no convence al elector desde hace años. Esa labor la implementa una élite de pensadores sustentada por quienes se van a beneficiar del posible futuro Gobierno.
En el ámbito teórico, los analistas que se fijan en el canal más que en el mensaje, sobre todo los estadounidenses, siempre argumentan que, si hubiera existido la televisión entonces, muchos presidentes históricos no habrían llegado jamás a la Casa Blanca. No obstante, de no haber medios, estrategias y marketing viral, es posible que muchos jefes de Gobierno actuales en todo el mundo tampoco habrían alcanzado ese puesto.
Y los asesores se han afanado, este último año, en explicar que lo de Sarkozy era una simple cuestión de carisma, una fuerza de imagen totalmente excepcional, al mismo tiempo que insistían en un modelo político cercano al de la gestión de una empresa privada. Hasta que en las primarias de los demócratas, en el país que más clases magistrales sobre cómo hacer campañas ha exportado, un negro puede ganar a una Clinton contra todo pronóstico, y con permiso de los otros dos candidatos, John Edwards y Bill Richardson.
Comienza lo divertido.
Y en los gabinetes empiezan a pensar que los millones de euros gastados en formación no han servido para nada, olvidando trágicamente las palabras del vanguardista parisino de origen cubano, Francis Picabia, cuando dijo que "nuestra cabeza es redonda para permitir al pensamiento cambiar de dirección".
Hillary Clinton ha basado su campaña, precisamente, en que no le hacía falta hacerla: los medios afines han insistido -y los que no lo son lo han aceptado- en el conocimiento que posee sobre la política nacional y la Casa Blanca. Y ella se ha limitado a exhibirse como esa mujer que necesita estar mejor preparada que cualquier hombre -y que lo está- para hacer el mismo trabajo.
Mientras tanto, Barack Obama basa su campaña en la mejor de las ideas: una nueva. Sabe cómo no debe enfrentarse a su rival y, con una retórica que recuerda a la de Kennedy, anima a pensar que votando al único afroamericano del Senado en la actualidad es posible cambiar un poco Estados Unidos. Además de a obligar a que pongan un nombre verdaderamente nuevo en la puerta del despacho oval, y de romper la monocromía.
El único objetivo de una campaña electoral es ganar. Y el principal modo de conseguirlo no es convenciendo al convencido, sino atrayendo al indeciso y gratificando al anterior. Algo tan bien entendido por Obama que parece que, si gana las primarias, este senador por Illinois contrario a la guerra de Irak sólo va a tener que dar un paseo hasta la Casa Blanca.
En el caso de que, finalmente, el hijo de un keniata sea el cuadragésimo cuarto presidente de los Estados Unidos, los alquimistas de la política tendrán que dar un giro a sus teorías. Aprenderán a planificar la autenticidad y a calcular la espontaneidad, y crearán nuevas recetas que venderán a más de cien euros la hora.
Hace unos meses, esto era impensable. La calculadora de los asesores republicanos reflejaba una victoria, tal vez ajustada, pero segura: entre un negro cuyo segundo nombre es Hussein y una mujer, el menos malo sería un rival menor para un varón ario y defensor de la tradición.
Mucho tiempo antes, un griego que vivió entre romanos, Plutarco, dejó escrito que "las inteligencias grandes discuten las ideas; las inteligencias medias, los sucesos; y las pequeñas, las personas". Pero a tres meses de las elecciones, en España nadie quiere reconocer que todo ha cambiado, porque en Génova y en Ferraz saben que sus candidatos no convencerían a casi nadie sin la maquinaria mediática y económica que les acompaña.
* Es experto en comunicación de conflictos |
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