Rajoy lo tiene muy difícil El golpe de timón dado por Rajoy al excluir a Gallardón, además de dejar al PP muy debilitado, refuerza la idea de que practica una política teledirigida y plagada de gestos en los que prima el miedo personal a no dar la talla el 9-M.
eN un primer análisis, y sin tener las claves necesarias, parecería que la decisión de Mariano Rajoy de excluir de las listas del PP a Alberto Ruiz-Gallardón para las elecciones generales, es un golpe de timón, de autoridad, del presidente del partido. Un acto de reafirmación, al parecer, necesario viendo el enconado enfrentamiento entre el alcalde y la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre. Sin embargo, da la sensación de que el golpe en la mesa lo ha dado otra persona. De que el entorno más duro del presidente, del que él mismo parece no formar parte, ha sido el que finalmente ha confeccionado las listas colocando a cada uno en su lugar. Si con el tiempo se sabe cómo se construyó la decisión final, Rajoy saldrá doblemente afectado, pero en negativo. Porque a pesar de que la maquinaria del PP diga que su líder ha salido reforzado, infinidad de voces (las internas del PP no pueden hablar) ya dicen que Rajoy llegará a la inminente cita electoral muy dañado. Ayer fue sintomático que el propio Rajoy se viera obligado a defenderse y a marcar de nuevo principios de autoridad. Como si nadie le hubiera creído cuando decidió cargarse al actual alcalde de Madrid. La forma de reventar una carrera política empleada por Rajoy a apenas semanas de las elecciones del 9-M, verdadero catalizador del futuro del Partido Popular, coloca al líder de la derecha española en una posición debilitada y falta de sentido propio. Necesita, ahora mucho más a las claras, el tirón que dentro del aparato tienen personajes como Esperanza Aguirre, Eduardo Zaplana,Ángel Acebes, Jaime Mayor Oreja o el propio José María Aznar. Ese bloque monolítico que representa a la derecha más fundamentalista ha dado un paso al frente y va a respaldar sin fisuras a su líder, Mariano Rajoy. Sin embargo, la reacción un tanto autoritaria de Rajoy hacia Gallardón no parece que vaya a ser bien entendida en una parte sustanciosa del electorado del PP, que también disfruta con discursos, actitudes y perfiles jóvenes, frescos y teñidos de liberalismo como representan el alcalde de Madrid o el propio Alberto Núñez-Feijóo. Y este futuro construido sobre una crisis construye una zanja justo delante del despacho de Rajoy que le coloca ante una tesitura de vértigo: ¿y si pierde las elecciones, quién le sustituye? La decisión de apartar a Gallardón, además de dar alas a la campaña del PSOE, provoca un cisma en las bases del PP al que muchos militantes pueden responder con el inmovilismo, poniendo su voto en cuarentena hasta que reciban la información necesaria para tener criterio propio. Porque está bien que las decisiones en la dirección se tomen de arriba a abajo. Pero en un partido político, la militancia, los votantes, los afiliados, necesitan creer. Y con golpes en la mesa el debate político se constriñe, se empobrece y coarta la riqueza que aporta el debate crítico.