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Vida sin fronteras
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Niños y relojes
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Rafa Redondo
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LA vida es un empeño, tantas veces quebrado, de mostrarse a sí misma. Y el niño lo recuerda con sus gestos. La verdad que habita su mirada diminuta, en su lograda figura diminuta, es una burla al tiempo del reloj. El respirar de un niño pone en evidencia una enorme estafa: sólo vemos lo que nos han enseñado a ver en el tiempo lineal del reloj; un respirar que invita a la abolición de la esclavitud que le hemos otorgado.
La psicología oficial da la espalda al mensaje del niño, que aun dormido interpela nuestra conciencia portándola fuera del tiempo, al respirar el Ser que le respira. Mas el adulto, apresado en su reloj, se ocupa bien de que quede oculta su adicción. También el mensaje del bebé: reprimimos no sólo lo sumergido, sino lo emergente; Freud se quedó corto; también usaba reloj.
Esa es nuestra tragedia: nos hemos negado la capacidad de contemplar; también la de volar. En tal sentido, Facundo Cabral, hoy reconoce que su canción de los años sesenta: vuela abajo porque abajo está la verdad… era un fraude a la verdad, que no sabe de puntos cardinales.
Pero, pese a su delgadez, seguimos enhebrados a un hilo luz. imperceptible. Y pese a las fronteras inventadas, el niño arranca del aire la verdad de que cielo y tierra están cosidos por la hebra intemporal; lo demás es una esquizofrenia aprendida en las escuelas y parlamentos.
Para saber de nosotros, arribamos a la vida que, por desconocernos, nos es desconocida. Y así, borrachos de ignorancia, huimos, tan petulantes, de la poderosa savia que en nuestro fondo late, aunque en vez de saborearla, la ignoramos.
Lo triste es que morimos sin apenas saber por qué nacimos. Menos mal que los emigrantes de radiante rostro nos traen el alivio de unos niños que recuerdan en sus rostros la faz de nuestro Origen. |
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