IBARRETXE afirmó un infausto once de marzo que los miembros de ETA "no son vascos, son alimañas". Cabrá discutir sobre lo atinado de lo segundo, pero lo primero es impepinable. Son tan vascos como los cocineros vascos y los remeros vascos. Y es que el ser vasco -o griego- sólo define un origen o una residencia, jamás constituye una virtud ni un pecado original. El gentilicio, pues, no añade ni quita nada a nadie, pero también es cierto que al esconderlo en los medios tras el bozal de la corrección política se agranda el abismo entre aquéllos y la calle, y el periódico corre el peligro de convertirse en BOE.
Al hablar de delincuencia, uno se debate entre la frialdad de unas iniciales que no aportan nada y el riesgo de alimentar la xenofobia al llamar pan al pan y vino al vino. Y es que el racismo también se alimenta por omisión, negando la realidad, y quien piense que en Zorrotza se quejan de algunos rumanos sólo por ser del Este, y en Deusto de algunos latinoamericanos sólo por ser del Oeste, y en Bilbao la Vieja de algunos magrebíes sólo por ser del Sur, quizás lave su conciencia pero no arrojará luz sobre ningún conflicto social. Y tales conflictos si alguien conoce de primera mano y ansía arreglarlos son los mismos inmigrantes, contaminados ante la ciudadanía por algunos, por supuesto sólo algunos, de sus compatriotas.
El escritor argelino Yassir Benmiloud pone en boca de un personaje "mi padre se llama Mohamed, como todos", y así describe nuestra tendencia de generalizar y nuestra ignorancia acerca del Otro. Un alcalde de Pamplona declaró que los de Bilbao mean en Sanfermín fuera del tiesto, o sea en la calle, sin concretar cómo obtuvo el análisis de orina étnico. Habrá que hallar el punto medio entre ese extremo xenófobo y el contrario, el del mutismo ocultista y supuestamente responsable. |