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Mesa de redacción
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Ahora
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Juan Carlos Ibarra
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Ahora, es tiempo de maldades y ahora es la palabra apropiada para ello. Donde hay un ahora, hay casi siempre una intención aviesa. "Fulano promete subir las pensiones", reza un inocente titular. "Fulano promete ahora subir las pensiones", acota otro, malvado. "Fulano no subirá las pensiones ahora", diría un tercero, sin compasión.
En este ahora que vivimos, todo está bajo sospecha, y la sospecha nace de la experiencia. Las campañas electorales son los ahora más inestables del mundo de la política, porque para muchos líderes son el ahora o nunca, y tal vez nunca hayan estado tan cerca del final como ahora. Sea como sea, la palabra en cuestión adquiere estos días la función de bola de demolición, de ariete para derribar el castillo argumental del adversario. Los medios de comunicación la emplean de forma profusa, en función de que el candidato al que hagan mención sea de la cuerda propia o no. Ponerle un ahora a todo planteamiento a denostar es un recurso que denota poca elegancia y nula imparcialidad, pero, aun así, quien lo utiliza puede perfectamente escudarse en que no está faltando a la verdad: el candidato está prometiendo lo que está prometiendo, y lo está haciendo ahora. El recurso podría equipararse a esas risas enlatadas de los programas de humor, pero trasladadas a, por ejemplo, una rueda de prensa de un político: si tras cada propuesta se abre la espita de las carcajadas, no hay discurso que aguante una prueba de seriedad. El ahora es más profesional, más sibilino y, precisamente por ello, más demoledor. Hay políticos a los que no les pondrán nunca un ahora, porque mantienen su discurso ahora y siempre. Tal vez les llamen pesados, pero al menos nadie dudará de su honradez.
jcibarra@deia.com |
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