Si no es por el Athletic se monta parda. Menos mal que medio Bilbao estaba viendo a los leones y el otro medio a Patxi Salinas junto a Joselito, pues de otra forma habrían tenido que acordonar la zona y organizar visitas guiadas. Aún no había acabado el partido y dos jóvenes sin equipo folgaban en la Plaza del Ensanche, él sentado en un banco, ella sobre él, y allí estuvieron cabalgando como Paco Ibáñez. Un rubio melenas paseaba al perro y un viejo mirón contemplaba la escena con el transistor pegado a la oreja. Es imposible que escuchase el tiquitaca futbolero porque toda la sangre se le acumulaba en las retinas. Otros silban cuando no pagan en el tranvía, cada cual tiene su táctica de despiste y si cuela, cuela.
El caso es que asistimos en pleno centro de la Villa a ese delito tan difuso denominado escándalo público, que básicamente consiste en que nos prohiban ver por ley lo que por morbo tendemos a ver. Aún no ha nacido ser humano que ante un polvo callejero, y sin menores de edad cerca, chape los párpados. Incluso quien menea la cabeza con gesto de indignación y musita "¡no hay derecho, adónde vamos a llegar!" suele largarse en cámara lenta con un ojo moralista camino de la comisaría y el otro clavado de testigo en el lugar del delito, no vaya a perder detalle para la denuncia. Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo, filosofa el pueblo un lunes, y por qué lo llaman escándalo cuando quieren decir imán, gancho o cebo, añadimos de propina.
Ningún vigilante de la rectitud avisó a la policía, y en varias ventanas se agitaban sombras sospechosas y, seguro, enfadadísimas mientras analizaban las evoluciones lúbricas de la pareja. Tras varios espasmos sin relincho, ella se bajó muy digna de él, él se subió el pantalón con parsimonia y eso, que aúpa el Athletic y abajo el Euribor. Lo que el Banco quita, el banco lo da. |