el Ayuntamiento ha decidido organizar el rastro de la Plaza Nueva. Antes de verano pretende instalar puestos iguales, con el distintivo B de Bilbao, y terminar así con el caos imperante. Otros mercadillos han tomado hace años ese camino uniformador y ya era hora de que mi preferido se adecuara a la tendencia. Las casetas suizas de la BBK sirven lo mismo para albergar ferias de flores, chorizos, morcillas, abalorios tailandeses, artesanía zulú, sidra, talo, campeonatos de queso de ñu y concursos provinciales de marmitako, y esa unanimidad del continente no ha quitado brillo a la pluralidad del contenido. Así que tampoco se acabará el mundo, léase Botxo, al ordenar estética y espacialmente el comercio literario y numismático dominical.
Aunque los románticos de sofá tal vez discrepen y aboguen por la continuidad del actual batiburrillo, muchos visitantes habituales se han alegrado al enterarse del cambio. Uno no quiere joder la vida a nadie, pero la venta ilegal de cachivaches, clavos roñados y cepillos de dientes usados sí estaba arruinando la venta legal de libros, monedas y sellos. Si para ojear y hojear un ejemplar de Baroja tienes que saltar sobre una manta sembrada de discos piratas y sortear un carro de la compra abarrotado de objetos de dudosa procedencia, igual prefieres pasar de Don Pío y pirarte a la calle Santa María, que no veas cómo se ha puesto de pintxos guapos y tías guapas el entorno.
El único problema que le veo a la mudanza es que ya no sabremos a dónde dirigirnos cuando se lleven prestadas nuestras pertenencias del bar o del maletero. Yo encontré en la Plaza Nueva, entre un disco de Abba y un cubo de Rubick, mi chupa vaquera y mis cadenas del coche. Y un tipo con cara de malo maloso -tenía hasta cicatriz en la mejilla- me las revendió confesando, eso sí, que eran de segunda mano. La verdad nos hará libres. |