EL pasado último domingo de enero, y como todos los años desde 1954, se celebró el día mundial de la lepra. Una celebración bajo el prisma de la alegría por los logros alcanzados en las últimas décadas (14 millones se han curado desde 1987) y de la esperanza por lo que se sabe se puede conseguir; y también bajo la cruda realidad no tan alegre de que aún se contabilizan unos 400.000 enfermos en el mundo. Aunque la lepra es perfectamente tratable y curable con TMM (combinación de dapsona, rifampicina y clofazimina), todavía se describen casos en 100 países. En 1985, era un problema de salud en 122 países, donde se detectaban más de un caso por cada 10.000 habitantes, mientras que en 2006 sólo en 13 países sigue siéndolo, con especial incidencia en Brasil, India, Madagascar, Mozambique y Nepal. En la UE sólo funciona como lazareto el sanatorio de Fontilles en Alicante. Su actuación desde 1902 ha sido fundamental para que esta enfermedad se dé como prácticamente desaparecida entre nosotros y su actividad se vuelca hoy en la ayuda a los países aún afectados. Hace poco menos de dos meses se hicieron públicos los trabajos sobre utilización de células madre para la obtención de órganos propios y la pasada semana se conoció el éxito de un grupo de investigación al obtener una cadena de genoma por síntesis bioquímica. La aplicación de ambos logros en biomedicina puede llevarnos a dar un vuelco en los tratamientos y hasta la desaparición de enfermedades genéticas seculares entre nosotros, como la esquizofrenia, hemofilia, corea de Huntington, diabetes, esclerosis, o no genéticas como las cardiovasculares o las infecciosas. Pero entre la realidad de la investigación puntera y la aplicación práctica médica está la realidad de las enfermedades sociales. La lepra, una de las enfermedades más antiguas de la humanidad y de bajísimo índice de contagio, es un buen paradigma. Su mera mención generaba/genera rechazo y exclusión, incluso cuando ya existían medios contra ella; solamente cuando se decidió actuar socialmente junto a las medidas fármaco-clínicas, enviando alimentos, fomentando la higiene y las infraestructuras de servicio de agua y alcantarillado o donando TMM como hace la farmacéutica Novartis, la lepra está en vías de solución. Quienes aún la padecen es porque son pobres, no pueden alimentarse o no tienen acceso, por razón económica, a la medicina. Esperemos que el genoma no sea una fuente sólo de royalties para el pequeño grupo dominante en el mundo feliz de Huxley.
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