
NO ha pasado tanto tiempo. La maldición sobrevivió a Franco, y no fue hasta el 11 de enero de 1979 cuando se derogó la represión y encarcelación de hombres homosexuales, trajeada hasta entonces con vestidura legal. Primero se aplicó la Ley de Vagos y Maleantes aprobada en el bienio derechista de la segunda República y reformada en el 54. Le sustituyó después la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social de 1970. El objetivo era el mismo: “reeducar” a los afectados –junto a proxenetas, vagos y rufianes– y “proteger” a la sociedad de estos “peligrosos” ciudadanos. Muchos de ellos fueron encerrados en Nanclares, en el campo de concentración establecido por los franquistas de 1940 a 1947. Hoy recibirán un homenaje de mano del Gobierno Vasco y la Dirección de Instituciones Penitenciarias. Rechinan en la memoria las voces militares: “Los que sean invertidos que den un paso al frente”.
Se calcula que durante la dictadura fueron detenidas alrededor de 5.000 personas que tenían actitudes gays. Las memorias de la Fiscalía del Tribunal Supremo –1970-1979– revelan, no obstante, que se abrieron más de 58.000 expedientes de peligrosidad. Los jueces dictaron más de 21.000 sentencias para condenar a los homosexuales. Apenas vencida la guerra, el Ministerio de Justicia franquista decidió apropiarse –por decreto– de una parcela en Nanclares, propiedad de Los Hermanos de las Escuelas Cristianas. El terreno había albergado hasta entonces un balneario y había servido también de colegio para novicios. Pronto, en 1940, se convirtió en un campo de concentración con el que descongestionar otro recinto de prisioneros en Miranda de Ebro. “Se puede perder todo menos el orgullo de ser español”, decía un letrero a la entrada del solar con barracones.
Las fustigamientos y castigos –comer del suelo con las manos atadas a la espalda– estaban a la orden del día en Nanclares. Claro que, según las crónicas, los homosexuales “disfrutaban de condiciones algo mejores” aunque, eso sí, en ocasiones eran ellos quienes se encargaban de enterrar a los muertos –dice el relato de un recluso que en cuatro meses los militares mataron al menos a 14 presos a palos o con fusil en mano–. De otras ejecuciones no ha habido testimonio. Mientras que los homosexuales reconocidos sepultaban cadáveres, los invertidos trabajaban en la lavandería. Quienes reconocían su homosexualidad y daban un paso al frente en la fila, tal y como se les requería, se libraban del insufrible trabajo en la cantera, pero optaban entonces por otro pedregal: el recelo de muchos reclusos.
TRABAJOS DE REHABILITACIÓN
Enterradores
La Ley de Vagos y Maleantes contemplaba tres tipos de condena: el internamiento en régimen de custodia o trabajo –de cuatro meses a tres años–, la reeducación –de tres meses a tres años– y la preservación– hasta la curación o el cese de la peligrosidad–. En 1970, la norma tomó el nombre de Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social, y estableció terapias médicas con descargas eléctricas que se aplicaban durante la proyección de ciertas imágenes. Nueve años después se subrogó esta norma. Sin embargo, aún hoy persisten algunas “rehabilitaciones”: la prestigiosa clínica universitaria del Opus Dei asegura en su diccionario online –www.cun.es– que la homosexualidad es “un hábito que debe ser corregido, pues, en no pocos casos, provoca serios trastornos psicológicos”.
“Ya tienen trabajo tus manos pecadoras, maricón”
GASTEIZ. Juan Soto fue encarcelado en el campo de concentración de Nanclares en 1944. Se hacía llamar Katy. “MepuseKaty porquemuchas veces en la cárcel, y aunque fuera gente de izquierdas, la mayoría era igual de intransigente y no quería mezclarse con homosexuales, así que muchas veces, diciendo que eras Katy, te salvabas”, explicó en una ocasión a la prensa. Fue una víctima por partida, al menos, triple: homosexual, de familia comunista y violado a los nueve años por un soldado italiano. Estuvo 25 años en distintas cárceles, sobre todo por delitos de hurto. Hoy, ya septuagenario, disfruta de su jubilación en Canarias, y es una de las voces vivas que sufrió la represión homófoba. El escritor y periodistaFernando Olmeda recogió su testimonio en el libro El látigo y la pluma. Según se transcribe del texto, “en una Nochevieja a finales de los 40, los guardias escogen para animar la velada a un preso francés conocido como La Niñón (...); después de la actuación, comenzó la fiesta de verdad. Cuando se llevaron a las primeras vedettes, el cabo nos dijo: Señoritas del internado, disfruten de esta noche todo lo que quieran, ¡que ya nunca se volverán a ver en otra!”.
Ya de madrugada, según el relato recogido por Olmeda, “la Manzanilla trae el cuchimerdeo –la lata con las sobras de la cena de los guardias–, pero casi nadie pone interés, porque en ese momento corre de mano en mano una botella de brandy. A la mañana siguiente un grito desgarrador nos despierta. El empleado doméstico de un capitán encuentra el cadáver de Pepa la Marganta, que había hurgado en la lata y se había tragado un trozo de cristal mezclado con las sobras. La Patos dice a la Dolorosa, encargado de los enterramientos: anoche pasó por aquí la Muerte. Ya sabía yo que se llevaría a alguien... Ya tienen trabajo tus manos pecadoras, ¡maricón!”. >I.E.