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¿En peligro?
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José Serna Andrés
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ciertamente, la familia está en peligro. Está en peligro si un hombre ejerce como jefe de la casa y exige que la mujer se dedique a hacer sus labores, es decir, las labores comunes, y trabaje como una esclava para el colectivo familiar. Y está en peligro si la mujer hace doblete, si trabaja profesionalmente y se encarga, ella sola, de todas las tareas de la casa. ¿Cómo puede sobrevivir una familia así? ¿Cómo puede sobrevivir una mujer así? Está en peligro la familia si se pasa del patriarcado al filiarcado, si en vez de someterse a la dictadura del padre hay que someterse a la dictadura del hijo o de la hija, o del colectivo filial. Está en peligro la familia si las cosas nos pueden, si el mercado nos domina, si no hay manera de encontrar dinero para pagar los malditos créditos hipotecarios. Está muy en peligro la familia cuando los números rojos aparecen el día quince del mes. Está en peligro la familia si cada cual hace de su capa un sayo y llega a la hora que quiere, si se levanta cuando apetece, si limpia sólo si apetece -o sea, nunca-, si discute a gritos por cualquier cosa, si no tiene momentos de encuentro, si no se quiere a las personas, y si se recurre a los golpes cuando se plantean problemas de celos y otro tipo de desencuentros. Es un peligro una familia en la que se va alimentando el rencor entre los miembros porque hay alguien que siempre tiene la razón, porque hay alguien que controla todo, o porque cada cual va por donde quiere y el concepto de fidelidad se rompe, o se lleva una doble vida, o se da una imagen que no tiene que ver con la realidad. Está en peligro una familia cuando uno de sus miembros se vincula a una dependencia de la droga, el juego o el alcohol. En definitiva, está en peligro una familia en la que no existe sentido de humanidad y ternura, donde no hay amor, un amor que es la base de todo progreso humano, aunque alguien se empeñe en decir que el progreso se encuentra en otro lado.
Y para conjurar todos esos peligros hace falta una coalición internacional de respeto, de ponerse en lugar de la otra persona, de pedir perdón y ser capaces de perdonar, de comunicarse, sí, de contarse las cosas, de hacer esfuerzos por ponerse en lugar de la otra persona, de apoyarse mutuamente, de valorarse apreciando las cosas que se hacen bien, y no callando las cosas que no lo están, sabiendo decir sí y sabiendo decir no a tiempo, diciendo una y otra vez que es posible hacer proyectos, apoyarse, protegerse, trabajar en la misma dirección, respetando siempre la autonomía de la otra persona, de las otras personas.
Y eso sucede en grupos de uno, de dos, de tres, de cuatro, de cinco, de seis, de siete, de etcétera, con perdón. Porque lo que verdaderamente importa, como dice san Juan en el evangelio, es el amor. ¿Cómo puedo decir que amo a Dios a quien no veo si no amo a mi prójimo, a mi próximo, a quien veo?
Es difícil la convivencia. Y es cierto que en demasiadas ocasiones una pareja, una amistad, una cuadrilla, una familia, se rompe porque huimos de la constancia y del esfuerzo, de la veracidad y de la responsabilidad, en resumen, del amor y la bondad.
Hay determinados debates que sólo se encuentran en los medios de comunicación. La gente en la calle, en las casas, está preocupada por las personas a las que quiere, o por las que entran en su vida y se la destrozan, sea la situación familiar que sea. Recomponer relaciones, facilitar el reencuentro, transmitir y recibir cariño, ser felices, vivir con ilusión una vida con sentido… eso es lo que preocupa a la gente, también a la gente cristiana que tiene, que tenemos, los mismos problemas de relación que el resto de la ciudadanía. Y si queremos pedir un plus para distinguirnos de otras personas debemos trabajar para crear condiciones de cariño en el interior de nuestras familias, y en el interior de nuestras comunidades cristianas, sin señalar, sin despreciar, sin odiar, a nada ni a nadie.
Que en tiempo preelectoral se hable a favor o en contra de un modelo u otro de familia pone en peligro la familia, porque su futuro no va a depender de los votos que tenga un partido u otro, porque no hay familia de partido, hay ausencia o presencia de amor, respeto y tolerancia en su interior o no hay familia. Y utilizar tonos intolerantes, acusatorios, vejatorios incluso, para lo que se denomina un modelo u otro de familia pone en peligro la familia, cualquier modelo de familia, porque si se alimenta el desencuentro entre quien no piensa igual es difícil que se valore el encuentro, el amor -¿por qué no decirlo?- en el grupo más pequeño. Porque lo que destruye todo es la falta de amor.
Salvemos la familia, por favor, dejemos una pizca de cariño, dos gotitas de entrega, un grano de tolerancia, seis tapas de diálogo, un vaso entero de perdón, una ración diaria de ternura, hagamos un cóctel y brindemos a su salud. |
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