EN el curso del tiempo" se encontraron y ahora se vuelven a encontrar dos creadores significativos de la llamada Escuela de Arte Vasco Contemporáneo surgida en la década de los sesenta, tras muchos años de praxis y de convivencia, unas veces de manera grupal, y otras de modo individual. Su obra, suficientemente conocida y reconocida por la crítica histórica del país, es ahora presentada por el comisario Fernando Golvano con un texto que nos sabe a poco, en la Sala Kubo donostiarra de manera coherente e interseccionada. Pintura de Carmelo Ortiz de Elgea en los muros sustentantes y escultura, pintura y diseño de Nestor Basterretxea, fundamentalmente en el centro. Ambas se arropan y enriquecen, ambas dialogan y se complementan, ambas se tensionan y devienen.
Basterretxea (Bermeo, 1924) se presenta en el espacio central con la Serie Cosmogónica Vasca (1972/75), basada en la mitología del país recogida por Barandiaran, y en la que el maestro da forma real y concreta, desde un expresionismo abstracto, al imaginario vasco. El éxito logrado por la serie y el largo recorrido de la misma hace que sea conocida por su sobrio repertorio formal, que se halla entretejido por formas pulidas y geométricas. Junto a ellas se presentan también sus Eguzki-lores (1975) y sus series de Estelas (1974/75/, sus Illargi-Amandre (1977) y sus Gudari (1980). Todas ellas participan de los mismos conceptos y repertorios: superposición de planos cubistas y juego con las oquedades.
Pero con muy buen criterio se exponen también obras del primer momento creativo, tan interesante o más que el de madurez, nos referimos a las obras de 1957 Composición desde el cubo, Interactividad vertical e Itinerario abierto (1959), y sobre todo su espléndido Homenaje a la Grecia clásica (1960/2005) en el que Basterretxea, cercano a los presupuestos racionalista de Nicholson, llega a unos alardes minimales de gran fuerza y lirismo. Ahí reconocemos al mejor Nestor.
Obras más frontales y pesadas, como Idurmendieta (2000), diversos collages como Paisaje sobre una mesa (1995), varios carteles, maquetas de edificios como Sabin Etxea de Bilbao, y la serie de mármoles blancos sobre el Majchu Pichu (1992), completan este hermoso recorrido.
Carmelo Ortiz de Elgea (Aretxabaleta, 1944) presenta más obra reciente que de su pasado, ya largo y extenso. Retrato y paisaje mineralizado componen su discurso monotemático, lleno de acentos mas pop al comienzo (década de los 60) y mas expresionista abstracto y realista en el resto de las décadas. Ortiz de Elgea impregna de colores extraños y disonantes, mágicos y contrastados tierras, árboles, mares y cielos para crear y recrear un cosmos irredento, un tanto romántico y en elaboración continua, en el que la geometría mineraliza cuanto toca y pinta.
De su primer momento recordar Autorretrato (1962) y Recuerdo de un viaje (1968), pasando por Composición (1974), pero sobre todo destacar esa serie de paisajes y figuras de las décadas de los 80 a nuestros días: Arantza (1980), Torre de Andrade (1982), La siesta (1983), obra espléndida, y sobre todo Aparición (2001), Escultor en la playa (2003), Roca viva (2005), una de obras mas logradas, La puerta (2005), y varios paisajes sin título. La fuerza del color y la reivindicación telúrica , la pincelada sabia y empastada en mayor o menor grado, hacen el resto de un paisaje que se mueve a caballo entre la abstracción y la realidad que se ve entreverada. La figura humana, el árbol, el paisaje, siempre emergen y triunfan del caos informe o de la naturaleza salvaje. Hay un triunfo de la razón y de la belleza sobre la fealdad y el macma. |