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23-02-2008
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Tan protagonistas como las actrices que los llevan, los vestidos se han convertido con los años en uno de los máximos atractivos de la noche del los Oscar para bien... ¡y para mal!
CUANDO el año pasado por estas fechas Penélope Cruz pisó la alfombra roja de la ceremonia de los Oscar con su vestido color maquillaje con plumas de Versace todo fueron buenas críticas. Lo cierto es que estaba guapa y que a muy pocas favorece ese color. Entonces, ¿cuál fue su error? (Bueno, fallo suyo, de sus asesores o no se sabe exactamente de quién). Pues no caer en la cuenta de que la guapa sudafricana Charlize Theron había lucido uno muy parecido en azul turquesa hacía tan solo dos años. Puede que la actriz no se diera cuenta, pero al resto del universo le hizo falta un pequeño paseo por ediciones anteriores para darse cuenta. A muchos, el error les pareció imperdonable.

Pues bien, cuando mañana Cate Blanchet pise la alfombra roja para asistir a la 80ª edición de los Oscar, todas las cámaras y los ojos del público estarán fijados en el vestido de la que es una de las favoritas para alzarse con la preciada estatuilla a la mejor actriz. Porque esta mujer australiana se ha convertido en un icono de elegancia, y más todavía cuando el año pasado dejó a todo el mundo boquiabierto con su Armani repleto de cristales Swarovski: su estilismo no falla nunca.

Ella, al igual que todas las firmas del mundo de la moda, sabe de la repercusión mediática del vestido que lucirá ese día, y por eso, la elección del atuendo se convierte a la vez en una pesadilla y en uno de los secretos mejor guardados de Hollywood hasta que se apean de la limusina. Las semanas previas a la ceremonia son una verdadera locura para las actrices. Basta con citar a la directora de moda de los Oscar, Patty Fox, para hacerse una idea: "Las estrellas están bajo mucha presión, porque esas fotos en la alfombra roja van a durar toda la vida, especialmente si ganan. Muchas han dicho que es más importante que elegir su vestido de novia".

cuestión de modas

Los tiempos cambian

En las ediciones más jóvenes de los Oscar, el diseñador de vestuario de la Metro Goldwyn Mayer, Gilbert Adrian, era el encargado de vestir a Norma Shearer, Joan Crawford y otras estrellas de esos estudios; John Kelly hacía lo propio con Bette Davis y Jane Wyman, actrices de Warner Brothers; mientras, Irene Sharaff, ganadora de cinco Oscar por sus vestuarios, diseñaba modelos para los representantes de diversos estudios. Las joyas, las pieles e incluso los autos en que llegaban los artistas a la entrega de premios eran proporcionados también por los estudios.

Además de la censura, existían varios factores que hacían que las actrices no prestaran tanta atención a sus vestidos como hoy en día. Uno era que las fotos entonces sólo se hacían de cintura para arriba; otro que no se retransmitía en todo el mundo por televisión, y otro que allá por la época de las grandes guerras todo el mundo dejó de esforzarse en su forma de vestir. Como muestra, un botón: Ingrid Bergman usó el mismo vestido... ¡dos años seguidos! (1944 y 1945) y a nadie le pareció extraño.

Pasadas las guerras, las décadas de los 60 y los 70 carecieron de brillo y se utilizó sobre todo la ropa de día, un estilo que tiene como máximo exponente a Diane Keaton. Hasta los 80 no llega a la gala lo que hoy conocemos como el glamour de las estrellas (en algunos momentos de dudosa elegancia).

Y tenía que ser Giorgio Armani (no podía ser otro) el que comenzó a vestir a las invitadas a la gala. Para los años 90 todos los diseñadores se habían dado cuenta de las claras ventajas en cuanto a publicidad y repercusión mediática de vestir a las estrellas, y se montó una verdadera guerra de firmas de moda que se mantienen hasta hoy. Todos los diseñadores se dieron cuenta de que valía la pena invertir tiempo y dinero en la alfombra roja. ¿Significa esto que tras lucir en 2002 Nicole Kidman un Chanel rosa palo subieron las ventas de perfume de Chanel? Pues sí, significa eso mismo.
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