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El director del Bellas Artes, Javier Viar, pasa por delante de un cuadro de Alfonso Gortázar, en la sexta sala de la exposición. FOTO: zigor alkorta |
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Guía de artistas vascos
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En el Museo de Bellas Artes de Bilbao. Una experiencia expositiva muy vibrante y familiar, en la que predomina la pintura y la fotografía no existe. También hay grandes ausencias, como Menchu Gal y Darío Urzay, entre los 118 autores escogidos.
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UNA iniciativa muy interesante. La exposición cumple con bastantes objetivos al mismo tiempo. Es un atento homenaje a los artistas vascos en el centenario del museo que ayudaron a revalorizar. Muestra, asimismo, una síntesis de la historia artística en nuestro contexto. Igualmente, sirve para la presentación de una guía de los autores de Euskal Herria que tienen obra en la colección permanente. El catálogo tiene un formato manejable, 224 imágenes y textos elaborados por 16 especialistas que analizan la trayectoria de cada uno de los 118 creadores. No todos están en la muestra, unos 25 no han sido seleccionados. Cada autor está representado con un solo trabajo. Hay una predilección por la pintura, en detrimento de otras disciplinas artísticas. La fotografía no existe y tampoco hay grabados o carteles.
La muestra abarca desde la segunda mitad del siglo diecinueve hasta los autores surgidos en la década de los ochenta, salvo Sergio Prego, cuyo vídeo es la única excepción. El itinerario comienza con las aportaciones decimonónicas de Eduardo Zamacois, Antonio Lecuona, José Echenagusía, Marcial Aguirre, Juan de Barroeta y Alejandrino Irureta, quienes nos sitúan ante la honradez de unas obras en las que el espíritu innovador es pequeño.
La siguiente sala aborda una cierta apertura hacia el lenguaje y la filosofía impresionista. Todavía dominan las luces oscuras y la paleta es algo antañona en las pinturas de Manuel Losada, Inocencio García Asarta o Pablo Uranga, quienes captan escenas dinámicas. Mientras los modelados clasicistas y los temas anecdóticos se manifiestan en las pinturas de Ignacio Díaz Olano y Anselmo Guinea, el panorama se aclara en las de Adolfo Guiard y Darío Regoyos. La obra de Eustasio Zarraoa es mucho más topográfica, pese a su limpieza lumínica, pero los desnudos de Francisco Iturrino ponen el contrapunto de la modernidad más directa y salvaje.
LUZ Y OSCURIDAD El tercer espacio reúne un conjunto sugerente. La escultura de Nemesio Mogrobejo se sitúa entre el mundo clásico y las tensiones plásticas de Rodin, mientras que la de Paco Durrio pone el acento modernista en la revisión de otras culturas. El paisajismo se abre a la luz en Amárica y Salís, oscurece en el anochecer pesquero de Alcalá Galiano y se convierte en una exquisitez llena de matices en las calles de Benito Barrueta que también se manifiesta en el interior de Ángel Larroque. La facilidad plástica y la elegancia escenográfica de Zuloaga se oponen al bienestar nabi de Juan de Echevarría.
El cuarto habitáculo aúna un lenguaje novecentista que está entre la tradición y la modernidad. Los artistas tienen interés por las formas y los valores cromáticos, mientras que representan de modo preferente escenas marineras y rurales. Es el caso de Aurelio Arteta, Julián Tellaeche, Elías Salaverría, Valentín y Ramón Zubiaurre, así como las pinturas de Alberto, José y Ramiro Arrúe o los esmaltes de Ricardo Arrúe. El universo de Gustavo Maeztu es más exótico pero tan solemne y contundente como el del resto. Las esculturas de Quintín de Torre y Moisés de Huerta auscultan un universo más clásico.
INTIMIDAD Y EXOTISMO Con la salvedad del moderno Antonio Guezala, cuyo trabajo es una síntesis entre cubismo y futurismo, la quinta sala nos conduce a los autores de los años 20-30. El cuadro del malogrado Ernesto Pérez Orúe está muy próximo a la intimidad pictórica del de Carlos Sáenz de Tejada. Las pinturas de Jesús Olasagasti, Juan Aranoa y Genaro Urrutia revelan espíritus de equilibrio y armonía, como el de los primeros novecentistas. Más exótica y mundana es la figura de Fernando, mientras que la escultura de Joaquín Lucarini y la obra de Nicolás de Lecuona permeabilizan mundos más personales que llegan hasta la vanguardia.
El personal José María Ucelay, autor relevante del período anterior, se encuentra en el siguiente tramo expositivo. Un espacio que trata de reflejar el arte de posguerra. Ricardo Baroja muestra las turbulencias dramáticas de la guerra civil. Las neblinas entre figuración y abstracción se revelan en las pinturas de José Barceló, Ignacio G. Ergüin, Carmelo G. Barrena, Ricardo Toja, Marta Cárdenas y Mari Puri Herrero. Las esculturas de Chillida, Oteiza y Basterretxea ponen el acento en la investigación espacial y tienen reminiscencias míticas de unión con el pasado. Las pinturas son sociales y comprometidas en los trabajos ciclópeos de Agustín Ibarrola y más sensibles de Dionisio Blanco.
ARTISTA DE LOS SETENTA El séptimo espacio es el más compacto y se ocupa de los artistas de los sesenta. Las esculturas de Remigio Mendiburu o Vicente Larrea y las pinturas de José Antonio Sistiaga, José Luis Zumeta, Amable Arias, Gonzalo Chillida, Ramos Uranga, Rafael Balerdi y Bonifacio Alfonso son muy representativas de su labor y todas ellas revelan cierto poso común, cuyo parentesco se individualiza en cada caso.
El bloque siguiente presenta el debate entre la figuración y la abstracción. Por un lado, las pinturas expresionistas de Carmelo Ortiz de Elguea, Juan Mieg y Juan Luis Goenaga. Y por otro, la tensión entre el intimismo y la extroversión de las obras de Ameztoy, Juan José Aquerreta, Nagel, y Daniel Tamayo.
La dispersión es la nota característica del último espacio. Hay obras fechadas en los setenta, como la abstracción de Mikel Díez Alaba, junto a un conjunto de pinturas firmadas en los últimos años por los figurativos Alfonso Gortázar y Jesús María Lazkano o la más subjetiva de Susana Talayero. Pero sobre todo es muy importante el conjunto escultórico de José Ángel Lasa, José Ramón S. Morquillas, Ángel Bados, Txomin Badiola, Pello Irazu y Juan Luis Moraza. El audiovisual de Sergio Prego pone el punto final a una experiencia expositiva que resulta muy vibrante y familiar.
Resulta llamativa la ausencia de autores tan importantes como Menchu Gal (premio Eusko Ikaskuntza), Xabier Morrás (gran dinamizador del arte de los 70), José Ramón Zuriarrain (cuyo cuadro metamórfico gustaba al crítico Alexandre C. Pellicer), Iñaki de la Fuente (primer ganador de Gure Artea, cuya impronta expresiva es inestimable), Cristina Iglesias (autora de las puertas del Museo del Prado), hermanos Roscubas (proteicos e investigadores como pocos) o Darío Urzay, el autor vizcaíno más joven en entrar en la colección de la institución; aunque se le nombra en el folleto de mano pero no se expone obra alguna. Otra cosa: ¿Por qué no está Ramón Carrera en la guía?
Nueve salas muestran interesantes obras que van desde la segunda mitad del siglo XIX hasta los ochenta
Un paseo por el impresionismo, las esculturas rodinianas, el novecentismo y la dispersión |
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