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Zinema
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Ambigua, pero brillante
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Andoni Iturbe
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LOS líos de falda siempre han sido grandes tapaderas en la sociedad puritana estadounidense. Y motivos de escándalos sonoros para la ávida opinión pública, reacia a aventuras extramatrimoniales públicas. Que se lo pregunten al candidato republicano McCain.
La guerra de Charlie Wilson es una película no recomendada a menores de 13 años. No se esperen explosiones sangrientas o desnudos indecorosos sino una película que arrastra la llamada alta política a hechos mundanos y evidencia algunas fiestas privadas adulteradas. El resto es pura chispa y descaro políticamente incorrecto. Que una película con producción hollywoodense desgrane la Guerra Fría siempre crea incertidumbre. Sin dejar de ser patriótica, no es una tópica película sobre el orgullo de pertenecer al país de la bandera de las barras y estrellas. Tiene unos diálogos intensos, dosis justa de autocrítica y una crónica de política internacional desafiante y desenfrenada, capaz de entablar contactos con el lobby judío, musulmanes y cristianos texanos.
Tom Hanks (actor y coproductor) y Julia Roberts ponen demasiado énfasis en sus increíbles papeles. Afortunadamente el gran Philip Seymour Hoffman, nominado a los Oscar, comedido y brillante, rompe la balanza a su favor. En resumen, La guerra de Charlie Wilson es una entretenida producción de Hollywood que se interesa por el Afganistán atemorizado por las fuerzas soviéticas, dando algunas claves de la agenda internacional pero ocultando otras. Lo mejor es su refrescante sentido de humor y lo peor, su ambigüedad y obsesión por retratar aún el mundo desde la hegemonía insalvable de EE.UU. y una óptica bipolar de la realidad sociopolítica de Afganistán, en el punto de mira en la actualidad. |
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