Ahora que estamos en la veda electoral y toda utopía es prometible y toda papeleta comprable, no hay pregunta más repetida en la cola de la frutería: ¿Qué candidato repondrá el Tomate? Dado que glosar esa cuestión y el chantaje que subyace rebaja el currículo del columnista aunque aumente su caché, abordaremos otra de menor presencia y mayor calado, palabro este muy de moda entre los entendidos: ¿Dónde está Acebes? Cuentan que su partido lo esconde tras la urna como se oculta la escopeta en la caza del jabalí votante. Pero hay plazas ineludibles, y yo se lo confirmo: el viernes lo vi en Bilbao, cerca del bar Globo. No le pedí un autógrafo porque no soy mitómano, pero seguí su bolo como otros siguieron el de Sergio Dalma. Ambos son guapos.
Acebes, como es Acebes, pintó ante los micrófonos un cuadro catastrófico de la Villa y sus alrededores: vivimos bajo un régimen casi dictatorial, frente a la calidad y la libertad de los ciudadanos hemos optado por el adoctrinamiento. Luego salió a la Gran Vía, repartió sonrisas, recibió algún piropo y se fue sorprendido: "Por fortuna no he palpado en la calle la falta de libertad que hay en el País Vasco". Quizás esperara leer en el escaparate de Zara aquel grafito que recibía al foráneo en Sarajevo -Welcome to hell- o, ya puestos, aquel pegote iniciático de Def con Dos -Welcome to violence-. Pero no, a pesar de que no habitemos el mejor mundo posible, esto no es Mostar con el puente volado ni Kigali soleado de machetes.
Es lo que pasa cuando se exagera sin rubor y la cuadrilla hace la ola por aquello de no ofender al líder, que al final uno acaba creyéndose lo de siete sin sacarla y Deusto es Ho Chi Min. Y no digo yo, repito, que andemos más tranquilos que en Torreciudad y que los cargos constitucionalistas poteen sin guardaespaldas. Pero hay vida entre Guatemala y Guatepeor, no sé si me explico. |