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Colaboración
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Hollywood no es país para cobardes
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Juan Zapater
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EN su 80 cumpleaños, son varias las lecciones que los Oscars han brindado al resto del mundo. La principal, con esa presencia masiva de profesionales de origen europeo entre los ganadores, es obvia y año a año se repite. Hollywood practica el nacionalismo más inteligente de todos: si usted es un profesional competente y su trabajo ha beneficiado a la economía estadounidense o incrementa su prestigio, no hay problema en que se lleve el Oscar a su casa. Es más, a mayor presencia de brillantes profesionales foráneos que trabajan bajo pabellón USA, más crece su mercado exterior en una progresión beneficiosa para Hollywood y de la que convendría tomar nota.
Las comparaciones resultan sangrantes pero ¿recuerdan las reiteradas bromas que la Academia española hizo en la última edición de sus premios a costa de Woody Allen ante la hipotética posibilidad de que el año que viene pueda competir por el Goya con su película rodada en España?
Pero, acaso ¿no prestigiaría al Goya que en su palmarés hubiera director como un Allen, un Scorsese o un Ridley Scott en lugar de un Garci u otro Trueba? ¿A quién favorece de verdad tanto dique protector?
La cuestión es que, días antes de la entrega de los Goya de este año, un puñado de cineastas españoles de diverso y discreto talento, pero de igual ambición y parecida cobardía, suscribieron un manifiesto contra la presencia de nominados que no fueran los de casa. Por quitar, hasta han suprimido el premio a la mejor película europea.
Así que, pasemos página.
Por suerte para Bardem y alborozo para los medios de comunicación españoles, en Los Ángeles no piensan del mismo modo. Así que un Javier Bardem maqueado para la ocasión, recogió el Oscar con un aceptable acento inglés, sin perder los papeles y sin acogerse a santos, vírgenes ni dioses. No hubo gritos. Fue suficiente con un beso a su madre y un recordatorio al árbol genealógico de una familia que lleva tres generaciones con el puño en alto y la lengua suelta.
Bardem, un intérprete asilvestrado, feroz y obsesivo, cuyos personajes a menudo se impregnan de una oscura dimensión y una abierta ambigüedad moral ha hecho historia con el rol de un asesino, una especie de ángel letal en un filme doloroso y brillante.
Aquí aparece otra lección del Oscar.
Una mirada a las obras con más candidaturas permite extraer una conclusión directa. Ninguna de ellas se encuentra entre las más taquilleras. Pero todas ellas se sienten legitimadas por una buena acogida crítica y, en mayor o menor medida, se saben películas arriesgadas, adultas, críticas e interesantes, cuando no decididamente llenas de calidad. Ése es el caso de la obra ganadora. Pero es que cerca de ella estaban There will be blood, Juno, Expiación y Michael Clayton. Lo mismo podría afirmarse de obras como en La escafandra y la mariposa, Sweeney Todd, Promesas del Este, En el valle De Elah, El asesinatode Jesse James por el cobarde Robert Ford y Hacia rutas salvajes, entre otras muchas.
Sin embargo, ninguna de estas dos lecciones resulta novedosa. Hace años que el Oscar se comporta así. El matiz, en una edición precedida por las sombras de la huelga de guionistas y los ecos de una precampaña electoral no presidida por "el hombre blanco", tiene más que ver con la savia que recorre los textos fílmicos que conforman su selección. Así, resulta inquietante que No es país para viejos y There will be blood representen, en la tierra de la gran promesa, la del sueño de la prosperidad ilimitada y la del refugio de los hijos de Abraham -padres por cierto de este Hollywood-, a su mejor cine.
Desazón provocada porque estamos ante títulos esculpidos con resonancias bíblicas y perfiles cortantes en los que la muerte y la ira, la venganza y la desesperación presiden un espacio vacío y crepuscular.
Parecido dolor desgarra a la mayor parte del resto de las películas citadas y que aparecieron citadas en la fiesta de los Oscar 08. Y es que, ésa es probablemente la gran y exclusiva lección de este año.
Una paradoja dolorosa.
Porque si bien es cierto que entre todos estos títulos crece la certeza de percibir en ellos la calidad de extraordinarios cineastas capaces de emocionar; no lo es menos que, en las entrañas de sus obras, impera la mayor de las desolaciones y la angustia terrible de un paisaje social insolidario, violento y casi, casi pre-apocalíptico.
Contra él luchan los autores de los filmes convocados en la fiesta de la madrugada del pasado lunes y a ellos se ha unido el Oscar sin necesidad de discursos ni firmas.
Bastaba con apoyar películas tan nobles como las premiadas este año. Ésa ha sido su mejor (e)lección. |
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