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Mesa de redacción
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Augures
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Juan Carlos Ibarra
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EN la sociedad de la información ya no hay que mirar las entrañas de un animal para adivinar el futuro, como hacían antaño los hechiceros por orden del jefe de la tribu. Hoy, los jefes de las tribus se cubren con el taparrabos de algunos medios de comunicación, que son los nuevos augures, y basta mirar en sus entrañas para saber qué va a pasar. Hace falta, eso sí, cierta predisposición a perder el tiempo leyendo entre líneas y hasta determinado nivel de mala leche para pensar que casi nada de lo que se publica es por casualidad. Por ejemplo, si un día un periódico sitúa en la cúpula de una organización 'x' a una persona prácticamente desconocida hasta el momento, y siete días después una emisora de radio repite la misma información, no hace falta abrirle las tripas a un gato para vaticinar que alguien está preparando el terreno para dar relevancia a todo lo que ocurra en torno a la persona en cuestión. Si lo que puede llenar las primeras planas es que esa 'x' sea despejada hacia una comisaría y de ahí a la cárcel, casi seguro que la ecuación se resolverá en el momento más oportuno para el jefe de la tribu. Cuando esté en juego la reelección para el cargo, la 'x' caerá a dos días de la cita con las urnas. Afirman que Cayo Julio César tenía un grupo de augures y magos que utilizaba a conveniencia. Como sus legionarios creían a pie juntillas en las predicciones de los adivinos, el emperador no tenía más que sobornar a estos últimos (a veces con la impagable recompensa de no cortarles la cabeza) para que anunciaran una gran victoria, de forma que las tropas acudían a la batalla con la certeza de que barrerían al enemigo. Hoy, el césar no corta cabezas, pero sí reparte dádivas. Y sus augures hacen un buen trabajo para espolear a la legión electoral.
jcibarra@deia.com |
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