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El agente, que ya sujeta la cabra, llama a los operarios de la perrera. La cabra es introducida en la furgoneta celular. |
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DOCE y media del mediodía del martes. Un organillo suena en la calle Julián Bolívar de Santutxu. Son los de la cabra, que tratan de sacar unos euros subiendo y bajando al rumiante, al ritmo de un pasodoble, por una escalerilla metálica.
La música, un tanto desacompasada pese a que el espectáculo ha cambiado en los últimos tiempos el viento por el teclado, es decir, la trompeta por el armonium, se silencia de repente. Una dotación de la Policía Municipal se acaba de acercar a los tres hombres que, bastón, organillo, escalera y carro mediante, sacan partido del animal, una cabra doméstica, Capra Hircus, con su cornamenta hueca. Uno de los agentes explica al trío la ordenanza municipal por la que se considera una "actividad insalubre" la de "exhibir animales en la vía pública" si éstos "no cuentan con el necesario certificado sanitario". O sea, que una cabra sin papeles no puede ganarse la vida bailando. Se diría humana: a sus empleadores les resulta más fácil contratar a otro animal que realizar los trámites para documentar al mamífero. De cualquier forma, según la Policía Municipal, los empresarios del espectáculo caprino intentan la envolvente para marcharse con la estrella. Inútilmente. El agente se hace con el animal y solicita la presencia de los funcionarios de la perrera municipal, quienes minutos después llegan en furgoneta.
La cabra no opone resistencia a los laceros y entra dócilmente en el vehículo, no sin que el mayor de los tres hombres que la acompañan se despida de ella. ¿Para siempre? De momento, descansa en las instalaciones que la perrera municipal posee en Novia Salcedo, donde fue recibida con extrañeza por los inquilinos habituales, a la espera de los papeles o de destino, mientras se pregunta si otras congéneres sí están en regla para exhibirse. La de la Legión, por ejemplo. |
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