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09-03-2008
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Se acabaron los puentes
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Tribuna Abierta
Se acabaron los puentes
José Luis Úriz
Desde hace varios años he manifestado en público y en privado la necesidad de construir, mantener, o reconstruir cuando los dinamitaban, puentes entre la autodenominada izquierda abertzale, en su vertiente política y militar, y los demócratas, especialmente los socialistas. He batallado en la teoría y en la práctica por hacer realidad esa posibilidad, en el vano intento de que un día pudiéramos transitar por ellos para encontrarnos y alcanzar una paz tan ansiada. Con sinsabores, incomprensiones, con injustas acusaciones, porque me consideraban cómplice de los terroristas unos, y cómplice de los opresores otros.

A pesar de todo ello he seguido incansable esa batalla siendo consciente de que este problema, el problema con mayúsculas, se tiene que solucionar no sólo con medidas policiales, que también la política debía estar presente en los momentos previos y especialmente en el instante final.

Al escribir estas líneas me siento absolutamente abatido. Otra vez la dinamita, en forma del asesinato de Isaías Carrasco, destruye todos los puentes posibles. Pero esta vez presiento que de una forma especial, mucho más si cabe que con los asesinatos de Juan Mari Jáuregui y Ernest Lluch, que marcaron, al menos en mi caso, un punto de inflexión. Quizás en esta ocasión no sólo elimine los restos de los que hayan existido, sino que también los que en algún momento pudieran existir.

Asesinar a un ex concejal añade un elemento cualitativamente perverso a la maldad innata en cualquier asesinato. Significa que ya no sólo somos objetivos aquellos que nos encontramos en primera línea, ni siquiera los que cruelmente denominan "víctimas colaterales" (como si alguna persona fuera colateral). Ahora también están en el punto de mira de los asesinos aquellos que libremente deciden dejarlo. Es un mensaje, no sé si deliberado o no porque tengo serias dudas de que quien lo ha ordenado llegue a tal nivel de análisis, de que siempre podremos ser pacto de sus paranoias. Decía Mario Onaindía, y coincido con su reflexión, que aquí hacían falta menos policías y más psiquiatras.

Quizás ese sea el problema, que nos empeñamos en analizar la situación de ETA y su entorno con parámetros policiales o políticos, y tendríamos que profundizar más en los psiquiátricos. Sólo con ver cómo nos miran algunas personas por la calle se entiende perfectamente el argumento. Ese odio que transmite su mirada tiene componentes más de enfermedad mental que de diferencia política. Y eso sí que es difícil de solucionar.

Ahora tengo que enfrentarme con su representante en el Ayuntamiento de mi pueblo. Si asiste, de frente y mirándole a los ojos le diré: ¿si en lugar de ser Isaías Carrasco fuera José Luis Úriz el asesinado, qué harías? ¿Condenarías o no mi asesinato? ¿Te enfrentarías al poder militar de ETA y les gritarías ¡basta ya! con todas tus fuerzas? Me temo que la respuesta será ambigua, cobarde, pero detrás de ella quedará su negación. Pero, ¿qué pasaría si se pudiera conseguir situar a Isaías Carrasco frente a los cómplices de su asesino, instantes después del crimen? ¿Condenaría entonces la alcaldesa de ANV de Mondragón?

Es una tarde triste llena de rabia y decepción, y ya no quiero, no tengo fuerzas para seguir construyendo puentes. No, al menos hasta que vea en la otra orilla alguien con ganas de unirlos y fortalecerlos. Los que ahora veo están empeñados en la vieja y suicida táctica del cuanto peor mejor, sin entender que la vida demuestra que cuanto peor, peor. Peor para todos. Porque aunque desconozco en este momento el efecto que este terrible acontecimiento pueda tener sobre las elecciones, parece que intentan que también en nuestra orilla ganen los duros, o sea el PP de Mariano Rajoy. Más sangre, más sudor, más lágrimas.

Desde mi apoyo y solidaridad con el dolor de los familiares de Isaías sólo deseo que la oscuridad de hoy se conviertan en luz mañana. Que una ola democrática arrastre a los criminales, y a sus cómplices por acción u omisión, que con este acto intentan condicionarla y pervertirla.

La depresión postraumática que produce un asesinato, más aún si tiene las connotaciones de este, me lleva a manifestar mi intención de no seguir en el empeño de construir más puentes…al menos por ahora.

Malos tiempos para la lírica.
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