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Micro on
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Gioconda
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Xabier Lapitz
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creía que no era mitómano, pero ahora mismo me asaltan las dudas. Escribo estas líneas cuando aún siento el calor de la mano que acabo de estrechar, la de Gioconda Belli, la escritora nicaragüense a través de cuyos textos comencé a descubrir las profundas razones del feminismo. Acaba de abandonar el estudio de Radio Euskadi y como un tesoro voy a guardar el ejemplar de El infinito en la palma de la mano (Editorial Seix Barral) que me acaba de dedicar: "Espero que el infinito femenino siga reduciéndote". No es lo mismo leer lo que alguien ha escrito que escuchárselo decir, seguir su mirada tras unos ojos vivos, pequeños, de mujer siempre despierta, sacudidora de conciencias, que no necesita levantar la voz para sembrar, siquiera la duda, en su interlocutor. Me cuesta descubrir en esta dulzura a la mujer sandinista que empuñaba armas, que participó activamente en la revolución, que ha asistido a los horribles crímenes de la dictadura somocista, que fue capaz de amar a un norteamericano cuando cualquier yanqui era un enemigo, que se anticipó a la deriva que trampeaba lo que tanto le había costado alcanzar. Y, sin embargo, es la misma mujer, porque esta escritora ha combinado la fuerza de los argumentos con la escritora sensual y libre. La libertad es otra de sus enseñas; sus personajes femeninos van salvando obstáculos para convertirse en personas libres, una vida acomodada en Lavinia (La mujer habitada), una discriminación atávica por gitana (Sofía de los presagios) y hasta en sus memorias (El país bajo mi piel). Le pregunto por los hombres y su compromiso con la igualdad y Gioconda Belli trae el concepto clásico de crisis, lo que no termina de morir y tampoco de nacer. "Espero -cuenta- que el nuevo hombre sea más dulce, que encuentre una nueva manera de estar en la vida". El movimiento feminista debe de estar muy agradecido a ese elenco de escritoras latinoamericanas que nos han ido acercando a su causa justa. Ése es el enorme poder seductor de las letras bien escritas. |
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