desolación por los destrozos, incertidumbre por las consecuencias, temor por la posibilidad de nuevas sacudidas... Y satisfacción por no tener que lamentar daños personales. Así transcurrió la mañana de ayer en la Parte Vieja donostiarra. Después de que el mar les obligara a amanecer de golpe un poco antes que de costumbre, los vecinos del casco histórico se despertaron con el asombro metido en sus cuerpos. La imagen de coches agolpados entre aceras inundadas y edificios destrozados se convirtió en tónica habitual durante varias horas, con unos y otros comprobando y comentando las afecciones.
"Desde 1966 no había pasado nada así", aseguraba en un corrillo de amigos uno de esos vecinos, aún sorprendido por la dureza con la que golpearon las olas. Lo hacía en la calle 31 de agosto, una de las más perjudicadas. Propietarios y empleados de bares, comercios y sótanos trataban a media mañana de reparar parte de los desperfectos, aquellos de más fácil solución. Otros, coincidían, requerirán de mucho más tiempo. "Está todo que da pena. Yo, desde luego, no he conocido algo similar a esto", señalaba Joaquín Pollos, dueño del Restaurante La Cepa, que cifraba en "varios millones de pesetas" las posibles pérdidas. "Se nos ha inundado la bodega, algunas cámaras, la oficina... Ha sido un desastre", se lamentaba.
A pocos metros de distancia, los responsables de la Joyería Ayestarán compartían su diagnóstico. "El agua ha entrado hasta dentro y ha inundado una sala en la que hay mucho género. Trofeos, bandejas... Algunos de ellos son de mucho valor y las pérdidas serán importantes", señalaban.
En el entorno del Paseo Salamanca y Soraluze la situación era incluso más grave. Elías Argote, propietario del Restaurante Kaskazuri, narraba cómo las olas afectaron incluso a la cocina de su local mientras se resignaba a tener que cerrar durante algún tiempo el negocio.
En los portales y comercios próximos, los daños fueron también numerosos. "El mar ha roto los escaparates de una tienda de alquiler de motos y éstas entraban y salían de la tienda en función de las olas.", comentaba un vecino.
Próximo a él, otro donostiarra residente en la calle Soraluze mostraba la puerta derribada de su casa, en un bajo, mientras en un garaje cercano varias personas empujaban algunos vehículos atrapados por el temporal.
Había quien aseguraba que en el mercado de La Bretxa las olas entraron con tal fuerza que llegaron a sobrepasar la altura de los mostradores de los puestos de venta.
Los propietarios de los comercios, que amanecieron con la notica de que el centro no se abría por inundación tras el temporal, querían verlo con sus propios ojos y, a media mañana, se turnaban para intercambiarse katiuskas e impermeables y bajar a los sótanos, anegados en más de medio metro de agua embarrada.
"La bodega es lo peor, está inundada hasta la cintura", relataba María a sus colegas tras regresar del "desastre" del sótano a la planta de calle. Allí, sentados, mirando hacia abajo por el techo de cristal del mercado, los tenderos esperaban unidos y resignados mientras las bombas los camiones cisterna del Ayuntamiento extraían agua durante horas.
La mayoría de los tenderos llevaban allí desde las 7.00 horas de la mañana aunque sabían que las puertas del centro comercial, a cuyos sótanos entró el agua por las rampas de carga y descarga, iban a permanecer cerradas al público. "Ni siquiera sabemos si podremos abrir en toda esta semana porque está todo destrozado. El género, las máquinas, los motores de la bodega, las cámaras frigoríficas... Todo lleno de arena, algas, porquería y salitre, que lo corroe todo. Es un drama", contaba Alex, dueño de un puesto de hielo que abastece a bares y pescaderías del complejo.
Iñaki, propietario de una carnicería, subía las escaleras cabizbajo tras comprobar los daños. "Todo, lo hemos perdido todo. Llevo en el puesto seis meses, así que tú me dirás si no estoy disgustado. Da miedo", decía consternado.
El puesto de Cristina, de venta de productos dietéticos, era de los más afectados: "No se puede salvar nada. Está todo el género para tirar: las cajas, la comida, los cables del ordenador, las cámaras...". LA PERLA Tercera inundación Aunque las olas ya no volvieron a azotar Donostia como de madrugada, el temor a la subida de la marea de la tarde acompañó ayer amuchos donostiarras. En el paseo de La Concha, los encargados de las discotecas La Rotonda y Bataplán, se afanaban en colocar maderas en los destruidos ventanales. También desánimo mostraban los responsables del centro de talasoterapia de La Perla. “Es la tercera vez que ha entrado el agua dentro, aunque en esta ocasión lo ha hecho con más fuerza. Alguna zona parecía una auténtica piscina”, lamentaba Olga Sánchez, que resaltaba que nadie resultó herido. |