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Bermeo fue la localidad vizcaina más afectada por el oleaje, que se llevó por delante parte del rompeolas, una vez más. Foto: efe |
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Una noche en vela
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Los arrantzales de Bermeo, al igual que tantos otros de los puertos vascos, estuvieron al pie del cañón para tratar de salvar sus embarcaciones. La noche más larga del año constituyó la lucha del hombre ante la fuerza del mar.
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Imanol Fradua
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aquEllos que viven de cara al mar saben de su inconmensurable fuerza. Las localidades que observan de frente al Cantábrico están habituadas a los temporales invernales que azotan con dureza la costa. Los marineros de Bermeo, Ondarroa, Lekeitio o Mundaka han luchado ante sus embates durante décadas, pero ni los más mayores eran capaces de asimilar ayer la destrucción desplegada a su paso. La tormenta constituyó una larga noche en vela entre las olas, una oscuridad que se alargó hasta la siempre difícil cuantificación de los daños ocasionados. La desolación en los rostros de los arrantzales eran evidente. No hay nada peor para ellos que ver su embarcación a la deriva, sin control.
La madrugada de anteayer fue "muy difícil" en Bermeo. Así lo ratificó el alcalde Xabier Legarreta, en pie desde las cuatro y media de la madrugada en el puerto viejo. Con los destrozos del temporal del pasado diciembre aún visibles, las sirenas que alarman del riesgo de mar brava sonaron en varias ocasiones. A las 11.30, la primera. A las 2.30, la segunda. Hubo una tercera, a las 4.10 horas. Y pese a que la luz del día llegó, "las horas críticas fueron de 05.30 a 06.30, coincidiendo con la pleamar", señalaba ya en tierra firme José Ignacio Lekanda, patrón del Lekanda, que pasó toda la noche "tratando de defender su embarcación", a bordo, "desde que ha sonado la sirena inicial". Fue el primero de los tripulantes en acudir "a cuidar del barco". Y los restantes embarcaron con la ayuda de la Cruz Roja, ya que los tradicionales chinchorros eran cáscaras de cacahuete ante las resaca instalada en una dársena que para las seis y media de la mañana era un hervidero de actividad, con cientos de personas tratando de salvar sus embarcaciones y vecinos que veían peligrar la entrada a sus casas y comercios ubicados a ras de muelle. Estos últimos también sufrieron de lo lindo, viendo como sus bares se inundaban sin "poder hacer nada más que ver entrar el mar en nuestros negocios". "Todo era inútil para parar el agua", se resignaba una encargada de un pequeño negocio familiar, quién recordó anteriores temporales con idénticas consecuencias. "El último, sería hace algunos años, antes de que renovasen el puerto de Bermeo".
"Algunos de los momentos que hemos vivido han sido realmente duros", señaló Lekanda, "viendo nuestro barco a la deriva", después de que el mar soltase los amarres pero lo dejase unido a las otros seis buques de su fila. "Ha sido horrible", agregó. A las tres de la tarde de ayer el patrón bermeotarra aún hacía balance de los daños, pero un minúsculo rayo de satisfacción se atisbaba en sus ojos. No en vano, "los daños materiales se repararán. Hablaremos con el seguro y saldremos adelante. Pero lo más importante es que a ningún miembro de la tripulación le haya pasado nada".
Las olas de hasta 16 metros causaron nuevos destrozos en la punta del rompeolas de Bermeo. Esta vez, fueron otros 25 los metros del espaldón del dique los que sucumbieron antes unas olas que saltaron con facilidad por encima de la dársena y del contradique , como ya lo hicieran el pasado 10 de diciembre. Otros 200 metros del pretil también acabaron bajo el agua.
Y tanto como en el exterior, el interior de la dársena tampoco se libró de los efectos del temporal. Fue en el puerto viejo, donde las corrientes provocaron la rotura de dos pantalanes, el hundimiento de tres embarcaciones de recreo, destrozos en siete vehículos estacionados en la zona de lonjas y los locales de concesionarios. "La sensación de impotencia ha sido mayúscula", resaltó el alcalde Legarreta, que realizó el balance de los desperfectos.
En Ondarroa, por su parte, se produjeron daños en los edificios colindantes al rompeolas, y resultó dañado el edificio de los carros varaderos en cubierta y trasera, abriéndose un agujero y quedando destrozado el transformador que se encontraba en el interior, señalaron fuentes de la Dirección de Puertos del Gobierno vasco.
Además de en las villas pesqueras por excelencia de Bizkaia, el Cantábrico también arremetió con dureza en Lekeitio, municipio donde la zona más afectada fue la Talaia, donde el local de la sociedad cultural Ekaitz-Isuntza Arraun Elkartea se ha visto alcanzado "de lleno" por las olas, pese a la protección que ofrecen habitualmente los cristales dobles del inmueble. "Durante la madrugada del lunes al martes las olas superaban el tejado de nuestra sede", aseguraban miembros de la agrupación.
Con sus estrechas calles completamente anegadas de la arena producida por el mar, los vecinos de Ea tuvieron que limpiar ayer el pueblo ayudados de escobas y maquinaria. Una lancha de diez metros de eslora liberada de sus amarres varó en la mitad de la ría, dentro de la propia localidad, mientras el fuerte oleaje ha destrozado los columpios, los servicios públicos y un establecimiento hostelero en las cercanías de la playa. Idéntica situación se vivió en Mundaka, donde se rompió el pantalán y algunas embarcaciones se fueron a pique. Otra terminó incluso en lo alto de un muelle. |
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