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Derrotas reconocidas
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Robert Pastor
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Después de unas elecciones, la costumbre de todos los partidos y sus respectivos líderes venía siendo proclamarse vencedores, aunque no lo fueran. La costumbre se ha roto, en buena parte, a la vista de los resultados del 9-M.
Se había prefigurado un horizonte de bipolaridad promocionada desde las más diversas instancias y medios, pero pocos creían que llegase al extremo reflejado en las urnas, ni aun con el doble efecto de la alarma sobre el regreso del hombre del saco o el lobo, PP, y de la intervención sangrienta de los chicos de ETA con su peculiar estrategia de acciones y reacciones.
Quienes han seguido fieles a la tradición, si en los días sucesivos no cambian la táctica, han sido, precisamente, las huestes populares, con el análisis basado en la realidad a medias que es su crecimiento relativo en votos y en escaños. Eso, si como han empezado a pedir sus analistas más cercanos, no asistimos a la renuncia o defenestración de su líder gallego, después de dos derrotas consecutivas, y ésta sin la excusa de una catástrofe tan mal gestionada como la de hace cuatro años en Madrid.
Al margen de las conclusiones sobre los sucesos de Euskalherria, que sin duda se realizarán y serán más ajustadas sobre el terreno, el caso es que tres fuerzas políticas minoritarias han reconocido, sin ambages, su gran naufragio. Tanto en el conjunto del Estado Izquierda Unida, como en Catalunya su equivalente Iniciativa, se han llevado el gran tortazo. Llamazares ya ha dimitido y Saura, que hasta el último momento creyó repetir dos electos en el Principat, tres cuartos de lo mismo.
No menos espectacular ha sido la debacle de Esquerra Republicana. De tener ocho diputados a sólo tres, de poder formar grupo en el Congreso a pasar al cajón de sastre que es el mixto, media el abismo en que parecen haber caído. Algunos lo achacan a la bipolarización general. Otros, al "entreguismo" de facilitar un gobierno catalán encabezado por la sucursal de PSOE. Los de más allá, a todo lo contrario, a la propuesta inequívoca de independencia. Y todos pueden tener parte de razón. Pero no hay que olvidar hasta qué punto han trascendido las disensiones internas, y cómo de revuelto, e incierto, se presenta el próximo congreso del centenario partido que esta vez no ha jugado la baza Carod.
En medio de tanta derrota aplastante, como la aldea de Astérix en Galia romanizada, solamente CiU ha sido capaz de resistir los embates, repitiendo o mejorando resultados, con los mismos 10 diputados y hasta uno más, si se confirma la ganancia al PP de un undécimo que se dirimirá en Barcelona por muy pocas decenas de papeletas.
ZP cuenta ahora con una mayoría mejorada y con tentación del estrabismo. De mirar con un ojo a la derecha españolista para los asuntos de estado "sin crispación", y con el otro, pero menos, a los nacionalistas del Principat, que le garantizarían la mayoría absoluta y confortable. Debe ser consciente que los catalanes cabreados no lo eran tanto, sino más bien ovejiles, que contra toda lógica han respondido a los apagones, agujeros en el suelo, averías de los trenes, retrasos del AVE y de la aplicación del Estatut, dándole más votos que nunca, y todavía más en las localidades más afectadas por tanta chapuza.
Paradojas de la vida: sin la ventaja sacada a su rival inmediato en Catalunya y en el Euskadi institucionalizado, que finalmente son 23, o 24 escaños, el PSOE se ha visto superado en España por el PP en siete u ocho diputados. Puede que en la calle Génova de Madrid fueran conscientes, y aplicasen en consecuencia dosis máximas de antivasquismo y anticatalanismo, pero todavía no parecen haber caído en la cuenta del negocio político que les supondría la independencia de las dos naciones históricas. |
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