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Dos cuchillos, Spielberg y el autoritarismo chino
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Zigor Aldama
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Es uno de esos oscuros puestos fronterizos que se esconden en la China profunda. A un lado, el impersonal pueblo vietnamita de Lao Cai. Al otro, Hekou, una de esas ciudades chinas que se caracterizan por la fealdad de todo lo que contienen. Sin duda, un lugar que es mejor abandonar cuanto antes. Desafortunadamente, me ha tocado cruzar esa frontera, y además lo hago con material ilícito en la maleta. Eso sí, sin ser consciente de ello.
Son las siete de la mañana y el puesto fronterizo acaba de abrir sus puertas. En el lado del país de Ho Chi Minh cruzo sin problema alguno. Sin embargo, en territorio de Mao Tse Tung me espera una desagradable sorpresa. Los rayos X revelan que transporto dos cuchillos en la maleta. Un joven oficial de aduanas me pide que la abra y que saque las dos armas blancas. Son, en realidad, dos cuchillos artesanales que compré en Tíbet antes de cruzar a Vietnam. "Lo siento, señor, pero temo que tengo que informarle de que está prohibido entrar a China con esto". Pregunto la razón, teniendo en cuenta que se trata de objetos producidos y adquiridos en su país. "Con esto podría matar a alguien". Justo al otro lado de la calle hay una tienda que vende machetes. Me temo que le han gustado mis cuchillos, y estoy dispuesto a llegar hasta el final para salvarlos. Tomo el número de su placa y pido una hoja de reclamaciones. Diligentemente, el oficial rellena un impreso oficial en el que se confirma la confiscación de los cuchillos. "Si no accede a dejarlos aquí me temo que tendremos que confiscar su pasaporte".
Paso entonces a la sala en la que se guardan los objetos confiscados. Se trata de una estancia que haría las delicias de los grupos que piden el boicot de los Juegos Olímpicos. Hay estanterías llenas de libros, en su mayoría relatos del Dalai Lama. Pero también guías de viaje de Lonely Planet (que no incluyen Taiwan en sus mapas), o copias de Siete años en el Tíbet. Hasta un mapa de China es considerado ilegal porque una de sus islas, que se disputa con Japón, no aparece como territorio comunista. En otra estantería, una impresionante colección de cuchillos, entre los que el más pequeño supera en 30 centímetros a los míos, me deja claro que no está permitida su entrada en el país. Pero, teóricamente, tampoco su salida. De forma que tendrían que haberme impedido abandonar el país con ellos. Veo la luz en ese argumento. Pero el oficial al mando contesta que de luz, nada de nada. "Tenemos que dar una buena imagen internacional". Sin duda, confiscando libros y mapas lo consiguen. Un chino entra en la sala. Su delito, tratar de pasar con un descodificador de señal de televisión por satélite. Está prohibido, no vaya a ser que conecte con la BBC y se entere de lo que realmente pasa en su país. Con él, no se andan con chiquitas. Gritos, empujones, y finalmente a la calle. Sin el aparato, y con una multa por resistencia a la autoridad. Así trata a sus ciudadanos el país que organizará en unos meses los Juegos Olímpicos. Según las autoridades, gracias a las Olimpiadas el país se abrirá y permitirá el acceso de información. Pero no por satélite, parece. Me ofrecen té. Me cuentan que es habitual que nosotros, los occidentales, nos pongamos hechos un basilisco cuando nos confiscan libros. O películas. Mientras tanto, veo cómo una cuadrilla de chinos pasa con cajas más que sospechosas sin ser escaneadas. Uno de ellos se despide del oficial al cargo de los rayos X con un abrazo aún más sospechoso. Es lo que denuncian decenas de grupos pro derechos humanos, que se preguntan cómo un país claramente autoritario, que mantiene a la población en la mayor de las ignorancias y ejecuta a un millar de personas al año, ha recibido el honor de celebrar unos Juegos. Spielberg, con su decisión de abandonar el comité de las ceremonias de apertura y clausura, ha apuntado a otro de los agujeros negros de la política china, su papel fuera de sus fronteras. No son sólo los problemas de Taiwan y Tíbet. Los tentáculos del Partido Comunista se extienden hasta Darfur.
Yo sigo con mi pacífica protesta a la espera de que me devuelvan mis preciados souvenirs y, sobre todo, mi pasaporte. Me quejo de la falta de paneles en los que se defina lo que se puede pasar y lo que no. Pero no tengo suerte. Detrás de una puerta, en un oscuro rincón, un ajado póster lo deja claro, en chino. Así que sigo fijándome en las estanterías de objetos confiscados. Una de ellas está dedicada al licor de serpiente vietnamita, considerado medicina en ambos países. Se me antoja más lógico su confiscación, sobre todo porque las botellas están llenas de serpientes que vaya usted a saber qué pueden transmitir. Finalmente, encuentro la solución en mi cartera. En la China del siglo XXI todo tiene un precio. Hasta la ley. Por arte de magia, mis cuchillos dejan de ser non gratos en territorio chino. Desaparece el papel de la confiscación. Ahora son unos recuerdos completamente inofensivos. Así funciona la China de los Juegos Olímpicos, por lo menos en sus confines.
* Periodista, especialista en Extremo Oriente |
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