LA apuesta por los cuadros circulares le ha salido redonda a Amaia Aberasturi (Gautegiz-Arteaga, 1969). Su envite pictórico personal y el acabado lustroso de sus cuadros ha impactado a una galería donostiarra, que reenviará sus Biribilak a Nueva York. Antes, conocerá el aire acondicionado veraniego de Madrid. Y de allí, al cielo, al de la Gran Manzana.
Pero mientras, y hasta final de este mes, sus obras pueden visitarse en el Palacio Etxezarreta de Durango, Museo de Arte e Historia de la villa. Su desafío creativo está compuesto por dieciocho cuadros esféricos idénticos con medidas de 111 centímetros de radio y diez de fondo y un peso entre cinco y diez kilogramos.
Aberasturi pintó el primero en 1991. Eran tiempos de la Facultad de Bellas Artes. "Hice uno como trabajaba otros formatos y ahí se quedó", recuerda. Con el tiempo, no se relajó en los estudios y hoy atesora en sus espaldas títulos de administrativa, técnica en control de calidad y técnica superior en prevención de riesgos laborales.
Más adelante, volvió a retomar lo que más le llena, su universo de ilusiones, su paleta de colores. Fue en ese momento cuando retomó aquella iniciativa y se puso a pintar sobre formato de círculo. Hizo el segundo, y de ahí a medio centenar después de estudiar posibilidades, de investigar diferentes probabilidades. El secreto: el gusto en la fusión de esmaltes, acrílicos y resinas y haciendo un uso del óleo "de forma puntual".
En última instancia, su quehacer es un proceso artesanal, algo que esta artista afincada en Durango califica de "coherente estético. Está acabado cuando lo cuelgo". Alguno colinda con la escultura. Sus obras son deseo de coleccionistas entre los que hay arquitectos, matrimonios mayores y gente joven. El gusto por su creatividad no tiene fronteras.
"Yo no pretendo llegar al arte como tal, busco lo estético, lo decorativo", diferencia humildemente. Los expertos en arte ven más allá. Dan cuenta del "buen acabado" de sus Biribilak, de su "utilización exquisita del barniz". Así lo definió ayer el experto Félix Aranzabal.
invitación Con una quincena de exposiciones como bagaje, Aberasturi recala en su Durango, e invita a la ciudadanía a que se acerque, conozca su obra y se sienta, precisamente, viéndola, como en casa. "Durango tiene algo, yo vine hace años y me siento más durangarra que cualquiera", sonríe.
En la villa, crea sus cuadros. "Sé cuál es el siguiente que se va a vender y casi siempre acierto. Es por los colores que ahora se llevan en las casas", dice. En la sala del museo ya hay dos obras con el punto rojo de vendido. Y los hay muy distintos, desde uno muy pop al único con figuras, en este caso de Walt Disney, y, sobre todo, abstractos equilibrados en diseño y color.
En una de las obras aparece la influencia de su época como técnica de calidad, ya que ha incluido virutas metálicas. Todo influye, salvo que, siendo administrativa, Amaia asegura "no saber vender mi obra".
No obstante, su trabajo no ha pasado desapercibido. De Durango, sus artesanías tomarán rumbo a Madrid y, a continuación, a Nueva York. "Me da no sé qué pensar en Nueva York. Sobre todo, porque me molesta que no se le dé más importancia desde antes. Parece que ya por ir allí es mejor", lamenta quien también considera que en el mundo de la cultura hay demasiada "gente copiona".
Sin mirar a lo que hace el resto, Aberasturi sigue dejando escrito antes de ir a la cama qué fase del cuadro tiene que hacer en cuanto se levante. Eso es ilusión. Lo que Aranzabal resume con una cita de libro: "El arte es agradecido si uno es luchador". |